Busquemos en Viena respuestas a nuestra crisis habitacional

El triunfo de la vivienda social en Viena nos enseña que cuando los gobiernos invierten en ellas como un derecho humano, se pueden combatir la desigualdad y la situación de calle. Haciendo de ella una inspiración para lo que otras ciudades pueden lograr si ponen las necesidades humanas por sobre las ganancias de los privados.

Durante la inauguración oficial del legendario complejo de vivienda municipal Karl Marx Hof, el 12 de octubre de 1930, el alcalde de Viena, Karl Seiz, exclamó, “Algún día, estas piedras hablarán por nosotros”. Y así lo han hecho, junto con otras 380 urbanizaciones construidas en la capital durante las décadas de 1920 y 1930, las que albergan a un cuarto de millón de personas.

Recientemente visité varios de estos complejos, incluyendo el Karl Marx Hof, que abarca más de 1 kilómetro de extensión e incluye más de 1200 departamentos. Allí sus residentes pagan un máximo de 25 por ciento de sus ingresos por vivir en departamentos de hasta 4 habitaciones, muchos de los cuales tienen amplios balcones con coloridos geranios que cuelgan como cascadas por el frontis del  edificio, tienen vista a jardines embellecidos por imponentes castaños y modernos juegos infantiles.

El reconocimiento de Viena como el ejemplo de vivienda social más celebrada en el mundo data desde las elecciones posterior a la Gran Guerra, cuando el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores llegó al poder y dio paso a una época conocida como << Viena roja>>. Los nuevos gobernantes heredaron una crisis de vivienda de tal magnitud, que forzaba a 170.000 residentes a la condición de ‘cama caliente’: hacinados en pequeños apartamentos privados que arrendaban para dormir por turnos mientras pagaban alquileres excesivamente caros, donde por lo general más de una docena de extraños compartían un único lavabo y excusado, propagando la tuberculosis tan rápidamente que llegó a conocerse en toda Europa como “la enfermedad vienesa”.

Fue así que el nuevo gobierno vienés dedicó sus recursos a la construcción de complejos de viviendas municipales nombradas en honor a figuras como Karl Marx y George Washington, en señal de compromiso a su misión “social” y “democrática”. Sin embargo, y a pesar que la ocupación nazi frenó todo el progreso hasta entonces, después de la Segunda Guerra Mundial el Partido Socialdemócrata volvió a hacerse del poder y Viena renovó su compromiso de garantizar la vivienda como un derecho humano ineludible.

Este modelo de vivienda social es inspirador en cuanto a lo que pueden lograr los gobiernos cuando ponen las necesidades humanas por sobre el lucro privado. Esto hace de Viena un precedente bastante peligroso para el capital inmobiliario privado de Estados Unidos y sus defensores, quienes han salido a responder como se esperaba.

Por ejemplo, el columnista experto en economía y política, Matthew Yglesias, intentó, recientemente, restarle importancia al éxito habitacional de Viena al presentarla como una anomalía histórica imposible de ser replicada sin una crisis económica de posguerra. <<Bastante idiosincrática y no necesariamente aplicable en otras partes>>, tuiteó en mayo pasado.  Desestimando completamente a Viena como modelo, y detrás de una página de internet por pago, Yglesias escribió, <<La inversión privada no tiene ningún impedimento para financiar la construcción de apartamentos en zonas de alto valor comercial… construir viviendas con financiamiento público es una solución a un problema que no tenemos>>.

La revista libertaria Reason respaldó las palabras de este en un artículo titulado <<Don’t Buy the Social Housing Hype>> (No creas en la moda de la vivienda social). <<Los prestadores privados están dispuestos a construir y rentar viviendas a precios asequibles a aquellos que son atendidos por la vivienda social>>, escribió Christian Britschgi, columnista de la revista. << La vivienda social de Viena a lo sumo está replicando lo que el mercado privado ya hace>>. Sin embargo, estos argumentos están completamente desconectados de la realidad de Viena y Estados Unidos.

Impuestos progresivos y una fuerte regulación

En primer lugar, y estando en desacuerdo con lo que plantea Yglesias, el éxito que tiene hoy en día Viena en materia de viviendas no es un vestigio del pasado. Si bien la masificación de la vivienda social de comienzos del siglo veinte no se ha repetido a esa misma escala, aún hoy se siguen construyendo bastantes viviendas sociales por medio de asociaciones de ganancias limitadas, en su mayoría, muchas de las cuales son administradas por sindicatos de trabajadores: organizaciones que a menudo reciben apoyo público en compensación por las estrictas restricciones que impone el gobierno al cobro de alquiler y la exigencia de que cualquier ganancia se reinvierta en la construcción de más viviendas sociales.

En estas comunidades de viviendas sociales los inquilinos tienen garantizado por ley la tenencia a largo plazo de los apartamentos, los que pueden ser traspasados de generación en generación conservando las clausulas originales. El acuerdo de renta basado en un porcentaje del ingreso familiar implica que no pierdan sus viviendas en caso de enfermedad o desempleo.

<<Que los arriendos a largo plazo estén ampliamente aceptados, más que la compra de vivienda, solo se consigue con estabilidad en el tiempo>>, explica Maria Maltschnig del Instituto Karl Renner, la  academia política del Partido Socialdemócrata de Austria. Mantener la excelente condición de la vivienda social también es una obligación. <<Lo importante de la vivienda social es que no solo es para los sectores pobres. También es para la amplia clase media>>, dice.

Todos aquellos residentes que tengan ingresos anuales de 77.000 dólares pueden calificar para una vivienda subsidiada y no están obligados a irse si estos aumentan. Como resultado, la mitad de los residentes de la ciudad vive en este tipo de viviendas, lo que genera un efecto de amortización del precio en las viviendas privadas al verse forzadas a competir con viviendas subsidiadas de alta calidad. Esa presión competitiva se combina con un fuerte control de la renta en las viviendas privadas, lo que hace de Viena una de las ciudades con rentas más bajas en toda Europa, incluso en el sector privado. Y dado que una buena vivienda es clave tanto para el bienestar de la familia como para la ciudad, no es de sorprender que Viena aparezca con frecuencia posicionada a nivel mundial como la mejor ciudad para vivir.

Contrario al argumento de Yglesias, este éxito es menos atribuible a las condiciones económicas de los años veinte que a las actuales políticas del gobierno vienés liderado por los socialdemócratas. El compromiso de estos de proteger los derechos de los inquilinos sobre la tenencia y la renta asequible del inmueble está acompañado con un impuesto progresivo y una inversión en viviendas sociales. Esto contrasta fuertemente con lo que sucede en Estados Unidos donde se permite a los arrendadores rescindir los contratos de arrendamiento sin causa justificada, al tiempo que se subvenciona a los acaudalados propietarios y se subfinancia la vivienda social de manera tan drástica, que tres de cada cuatro hogares que cumplen con los requisitos no pueden obtener los subsidios federales a los que tienen derecho.

La fuerte regulación que tiene Viena en materia de propiedad de la tierra permite asegurar que se sigan construyendo viviendas sociales. A lo menos dos tercios de cualquier terreno privado que sea vendido deben destinarse a viviendas de renta controlada. << Dado que el suelo para uso residencial es un recurso limitado, no consideramos que la vivienda sea una opción para el mercado privado>>, dice Maltschnig. Como resultado, todo aquel que tenga la necesidad urgente de una vivienda recibe albergue inmediato y una pronta ubicación en un departamento municipal. Viena casi no posee población en situación de calle ni barrios marginales con viviendas precarias y pobreza focalizada. Y no está sola en esto: muchos otros países, como Singapur, Finlandia y Suecia, han seguido un modelo similar para alcanzar un importante éxito en vivienda social.

El mercado privado afecta a los inquilinos de bajos ingresos

En cuanto a Estados Unidos, es deshonesto que Yglesias y Britschgi afirmen que el mercado privado puede igualar el éxito vienés con toda la evidencia en contra que existe: más de 600.000 personas duermen en las calles cada noche, y estudios muestran que la mayoría de ellas sufren la falta de vivienda porque no pueden costearse una. Datos censales muestran que 12 millones y medio de familias en el país están atrasados con sus rentas o hipotecas, y por tanto en constante riesgo de unirse a los cientos de miles que ya viven en las calles. En nuestra clínica jurídica de desahucios, junto con mis estudiantes tenemos regularmente clientes que acuden a nosotros después de meses, incluso años, de estar pagando rentas equivalentes al 70 por ciento o más de sus ingresos, a pesar de que vivimos en uno de los mercados inmobiliarios menos costosos del país.

Yglesias y Britschgi dan por sentado que un mercado inmobiliario sin trabas normativas cambiaría el escenario actual al supuestamente – según el pensamiento mágico –“filtrar” el exceso de oferta de viviendas hacia los hogares con menores ingresos. Sin embargo no existe ninguna vivienda privada que satisfaga las necesidades de nuestros clientes cuyos ingresos se limitan a un cheque mensual de 914 dólares por incapacidad o por realizar labores de cuidados médicos a domicilio por 13.50 dólares la hora mientras hacen malabares para cuidar a sus hijos. Así lo han repetido durante años los expertos inmobiliarios, publicando los detalles anualmente en los reportes Out of Reach de la National Low-Income Housing Coalition (Coalición Nacional de Viviendas de Bajo Ingreso).

Para marcar un punto a su favor, Yglesias comenta a la pasada lo que, al parecer, considera un aspecto menor de la enorme precariedad de viviendas: <<Si logras que existan más viviendas privadas, pero aún así te preocupas del destino de los pobres, ¿por qué no entregarles dinero directamente?>> Seguramente la idea será bienvenida, sin embargo, no podemos permitirnos abandonar una política de vivienda progresista.

Una cosa es segura: que muchos sufren enormemente a causa de la incapacidad de la inversión privada de proveer viviendas asequibles; sin mencionar que las constructoras cortan la oferta de vivienda cuando ven reducidos sus márgenes de ganancia. Cuando Britschgi arremete contra la alternativa y califica a la política de vivienda social estadounidense de <<fiasco autoritario>> (Yglesias ya había dicho que <<la vivienda social no es la respuesta>>), ignora sus éxitos, como lo muestra un reciente informe de Human Rights Watch. Peor aún, las criticas a los problemas de mantenimiento y seguridad de las viviendas sociales pasan por alto que la industria inmobiliaria e ideólogos anteriores a Yglesias y Britschgi que abogaban por el mercado privado, son responsables de estos problemas por levantar campañas que asegurasen que la vivienda social en los Estados Unidos nunca se construyera con la misma preocupación que en Viena y, por tanto, que carezca de los recursos necesarios para una mantención apropiada.

La situación de nuestro país contrasta con una reciente escena en el barrio Sonnwendviertel de Viena, una zona céntrica de la ciudad desarrollada en los últimos diez años en lo que antes era una un extenso terminal ferroviario. Hoy en día es el hogar de más de catorce mil personas, cuya mitad vive en departamentos subsidiados. Una verdadera <<ciudad de quince minutos>> que cuenta con el paseo marítimo Bloch-Bauer Promenade libre de vehículos donde los niños van y vuelven del colegio en monopatines mientras los adultos se sientan en las cafeterías y pasean por entre los almacenes de la placa comercial, coronada por pisos superiores destinados a departamentos.

Al mirar desde el jardín de la azotea de uno de esos edificios hacia el oeste a un parque de seis hectáreas, me llamó la atención un reluciente edificio negro y plateado de ocho pisos montado sobre una placa comercial con un restaurante de ventanas espejo desde el suelo hasta el techo. Era uno de los muchos edificios de renta controlada de la zona.

El alquiler que pagan los residentes del edificio es más bajo, comparativamente hablando, que lo que pagan mis clientes, muchos de los cuales viven en viviendas privadas que suelen estar infestadas de moho y cucarachas. Sospecho que no hay ningún comentario en algún blog libertario que pueda convencerles, ni a ellos ni a millones de inquilinos en los Estados Unidos que enfrentan los mismos problemas de vivienda, de que Viena no es un ejemplo exitoso que podamos y debamos imitar.

Artículo escrito por Fran Quigley para la revista Jacobin. Publicado el 29 de octubre de 2023 en https://jacobin.com/2023/10/red-vienna-public-affordable-housing-homelessness-matthew-yglesias/

Traducción: Francisco Larrabe (integrante Equipo Editorial – Revista Heterodoxia)

Comentar

Your email address will not be published.

Relacionado