Foto de Karla Riveros

100 años de demandas sociales y feministas bajo el peso inerte del metal

Los llamados nacionalistas que hemos observado los últimos días, así como las denostaciones en razón del 8M, muestran demasiadas similitudes con el nacionalismo y machismo de inicios del siglo XX. Estos llamados, basados en un nacionalismo militar y “republicano”, o en la apelación al “sentido común” en contra de las llamadas “ideologías de género”, muestran la misma dinámica de hace 100 años, dando pie a un odio irracional a todo lo diferente y al rechazo a toda emancipación de aquellos y aquellas que se conciben como subordinadxs.

Se rechaza de este modo, al igual que en el pasado, todo acto que empañe el rígido concepto de chilenidad y masculinidad construido por las clases dominantes y la figura abstracta de un padre autoritario. En base a esta mirada, toda manifestación de descontento es denostada como proviniendo de personas flojas, con intereses “foráneos”, que tendrían el solo deseo de ir en contra de la tradición, la moral y la naturaleza. Nada distinto a lo sucedido desde 1900, cuando la cuestión social y obrera y los primeros movimientos feministas también eran enfrentados por el Estado y el Ejército de Chile a través del castigo irracional y, por supuesto “sin el debido proceso”.

Muestra de esto son las innumerables matanzas contra trabajadores y sus familias que se llevaron a cabo a manos de las FF.AA. desde principios de siglo, con la connivencia de los políticos de turno, así como la denostación de las demandas de participación política y organizacional de las mujeres a quienes se les miraba, incluso al interior de los sindicatos de obreros, como primero sujetas a su rol de madres y educadoras.

El nacionalismo de ese período se hará especialmente evidente en 1920 a través de la llamada “Guerra de Don Ladislao”, quien fuera ministro del interior de la época y que acusará a los integrantes de la Federación de Estudiantes de Chile de anti-chilenos, por cuestionar los reales intereses que tenía el ministro para mover tropas al norte del país, precisamente en el momento en que se dirimía el resultado de las elecciones presidenciales. La acusación en contra de los estudiantes de la FECH provocará el ataque a la sede estudiantil.

En 1920 también sería atacada, a vista y paciencia de policías y militares, la sede de la Federación de Obreros de Magallanes (parte de la FOCH), acusada de formar un soviet. En el lugar se encontraban, a sabiendas de los atacantes, numerosos obreros que murieron por las llamas.

Qué decir de cómo se enfrentaban las demandas de las mujeres, que a esa época no eran ni siquiera consideradas como ciudadanas, no tenían derecho a voto, y peleaban por estudiar e incluso por conformar organizaciones. A la primera organización formada por mujeres, la “Sociedad Emancipación de la Mujer” en 1887 se le negará su inscripción formal, debiendo cambiar su nombre por la mucho menos rupturista “Sociedad Protectora de la Mujer”.

Cabe recordar que la cuestión social y obrera de principios del siglo XX trajo consigo la elaboración de una nueva Constitución, tal como se está produciendo hoy día. Y aunque la elaboración de la Constitución de 1925 no fue acompañada por la participación de la población en general, ni mucho menos paritaria de la mujer -como esperamos que sí se logre en el actual proceso constituyente- sí trajo dos elementos de transformación sustanciales: el reconocimiento de los derechos sociales, y de la función social de la propiedad, todo esto con el fin de equilibrar la concentración de poder de los empresarios y terratenientes y reconocer el necesario resguardo del derecho a la educación, la salud y del bien común, por sobre los intereses individuales y de lucro que afectaban tanto a los capitalistas (por efecto de la concentración de la tierra), como a los sectores más indefensos de ese período. La participación política de las mujeres y una muy incipiente emancipación, solo se logrará mucho más tarde después una lucha todavía persistente.

Hay que recordar también que 100 años atrás la injerencia de las FF.AA. en las políticas de Estado -en especial del General Carlos Ibáñez del Campo, que no por nada da nombre a la Escuela de Carabineros actual- traerá varios años de inestabilidad institucional. Los problemas se irán acrecentando durante todo el siglo XX y traerán como consecuencia los mismos efectos castigadores, multiplicados exponencialmente por el golpe de 1973. Las mujeres y jóvenes de menos recursos serán los más castigadxs por sus efectos.

Desde esta perspectiva, debemos tomar conciencia de que los cambios sociales se producen como consecuencia de dificultades reales de la población, de las mujeres y de todas aquellas personas que no logran de incorporarse igualitariamente al espacio de toma de decisiones, con todo el sustento necesario para hacerlo. Las demandas sociales y de las mujeres, no surgen como efecto de discursos antichilenos (lo que sea que quiera decir esto), como sugiere un reciente comunicado del Ejército.

La rabia y el malestar de la población, de las mujeres y de los pueblos indígenas no surge por un deseo maligno de “destruir el país” según palabras del ministro Delgado. Surge de la permanente constatación de que, haga lo que se haga, siempre ganan los mismos y siempre se castiga a lxs mismxs. Solo hay que ver a quiénes se acusa permanentemente a través de la Ley de Seguridad del Estado y a quiénes no, y quiénes son las más más afectadas por la violencia de género y la sobrecarga de tareas de cuidado y laborales, la objetualización y la discriminación. También hay que preguntarse porqué siempre se premia a quienes destruyen más y peor (la “pacificación” de la Araucanía como ejemplo), siempre que lo hagan en nombre de la creación de riqueza, el emprendimiento y la Patria.

Nada bueno ha resultado de enfrentar el legítimo malestar causado por las injusticias sociales y de género por medio de la represión, la negación y las acusaciones de infringir un código moral unitario, rígido y basado en una tradición que nunca ha sido compartida ni creada por el conjunto de la población, ni por las mujeres, sino por unos pocos y por la fuerza.

No es esperable en absoluto que el gobierno actual cambie su postura, pero al menos, podemos esperar que la mayoría tome conciencia de que el malestar y las demandas solo expresan el malestar latente, el que debiese ser enfrentado a través de reconocer que algo no está bien en el sistemático pisoteo de nuestros problemas bajo la alfombra. Construir algo nuevo no está exento de conflictos, pero sin duda será mejor que seguir acusando a lxs que menos tienen, de los problemas y desidias de un Estado cooptado por unos pocos, que llevan años extasiados con el desdén de la autosatisfacción.

*Beatriz Silva es Doctora en Sociología e integrante del Equipo Editorial de Revista Heterodoxia

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