La caída del régimen de la tercera vía en Chile: Eso que llamamos neoliberalismo

En las últimas elecciones, convocadas para elegir representantes a la Convención Constituyente, tanto la derecha política como los partidos de la ex Concertación disminuyeron en un millón y medio de votos cada coalición. Un desplome electoral que no es solo la caída de esos partidos sino la caída de un proyecto económico cultural que inundó nuestro país, y buena parte del mundo, que hoy agoniza: la llamada tercera vía.

Durante la década de los 80 del siglo pasado, en Chile y en el mundo se produjo una alianza hegemónica que incluyó un capa de empresarios y políticos neoliberales de izquierda y de derecha, conservadores sociales, conservadores religiosos y una nueva clase profesional que formó una especie de coalición informal que impulsó los mercados, la estandarización, una reversión de la separación de la iglesia y el Estado, y una perpetuación de la desigualdad basada en nociones de individualismo y meritocracia. Gracias, en gran medida a la influencia de estas redes de políticas, se implementó una larga lista de reformas a nivel mundial en las últimas tres décadas.

En Chile, ese proyecto político empresarial lo cristalizó la Concertación y tuvo a su mejor exponente en la presidencia de Ricardo Lagos. Fue bajo su mandato que se implementó el agresivo programa de la tercera vía en chile y tuvo reformas nefastas como la privatización del transporte publico metropolitano, la financiación pública masiva de proyectos educacionales privados, la privatización de caminos, la desregulación del sector inmobiliario y el crecimiento exponencial de la deuda de los y las chilenos en consumo y acceso a servicios básicos. Todas estas reformas fueron cubiertas de aparentes sistemas técnicos complejos y sofisticados situados en teorías del cambio, la postmodernidad y la complejidad. Uno de los hijos predilectos de esta agenda, José Joaquín Brunner, lo promovía en 1998 como parte de los costos del progreso y que la búsqueda de seguridad y certezas no era más que un arrebato neoconservador que no entendía los tiempos.

Este programa hizo crack desde el 2006 con la revolución pingüina y tiró de una hebra meritocrática fundamental para sostener los marcos del proyecto, como lo fue la educación en todos sus niveles y que se consolidaría con las movilizaciones estudiantiles del año 2011 y continuaría con un ciclo ascendente de movilizaciones sociales masivas hasta el desarrollo de la revuelta del 18 de octubre del 2019.

Sin embargo, las crisis de régimen no se desenvuelven como una dinámica teórica predecible y menos como una ley histórica. Su resolución puede traer consigo abruptos saltos, bloqueos persistentes, hasta lentas y prolongadas décadas de deterioro sin horizonte claro de término. Ejemplo de aquello lo podemos encontrar en nuestra propia historia, en la que el régimen de 1833 que consagró nuestra República oligárquica tuvo dos guerras civiles y varios golpes de Estado que terminaron por tumbarlo en 1925 y con ello el nuevo régimen cuya propia consolidación como tal solo logro asentarse para 1933 y terminar con una dictadura autodefinida soberana. Los procesos que atraviesan estos regímenes de repúblicas oligárquicas transcurren, por nómbralo de alguna forma, en una dimensión estructural de restauración permanente en la que el movimiento popular arranca con lucha callejera, organización política y victorias electorales de espacios de institucionalidad republicano-democrática por algunos periodos de forma progresiva y en otros con acelerados retrocesos.

Con todo, tras la esperanza ineludible que trae consigo una victoria electoral con base en una pujante lucha callejera, es preciso tener cautela. Tal advertencia, moderada y pesimista, debe entenderse en el marco de las dinámicas estructurales que permiten hoy dar por evidente la crisis del régimen creado en 1981 y aceptado por el arco de partidos que fraguaron la pos-dictadura.

Cabe agregar que, antes de entrar en las dinámicas mismas, si la discusión de las izquierdas elude estas cuestiones y solo se centra en fraguar especulaciones sobre escenarios políticos y negociaciones en el plano de las alianzas, es poco probable que esas dinámicas se vean alteradas. La baja probabilidad poco tiene que ver con el marco de éxito electoral sino más bien con un deterioro significativo de los proyectos de las izquierdas mal subsanados con debates de las llamadas tesis políticas o lecturas de escenarios. En concreto, el esquema de alianzas es importante solo si el marco de propuestas políticas aborda de forma radical las siguientes dinámicas.

1.- Capitulación de las élites políticas al régimen oligárquico de 1981

El arco de partidos políticos, que aceptaron y promovieron la carta constitucional de 1981, se proclamó durante las décadas posteriores como parte de una épica antidictatorial. Nada más lejos de aquello. Su confluencia política permitió que todo el arco político eludiera una salida democrática a la dictadura por una capitulación. Tal fenómeno, determinó que nuestra salida simbólica de la dictadura operará con un cerrojo en todas las esferas de la discusión pública y construyera instituciones que operaron como una correa de protección al enriquecimiento de grupos familiares empresariales y a la propia élite política. De esta forma, el diseño institucional de un falso discurso democrático opera en la práctica con un cuerpo empresarial y representantes políticos alineados como un gran grupo de amigos/as. Cuando este tipo de diseños realmente se fractura y se devela, su operación debería tener consecuencias políticas claras. Si el camino es la fundación de una república democrática real, aquellos y aquellas que han participado activamente en la protección del régimen oligárquico deberían estar inhabilitados de ser actores activos de la política, al menos, y de cualquier elección posterior. Y aquellos que han sido encarcelados en procesos de luchas callejeras deben ser liberados. Por lo pronto, nada novedoso en la historia de las fundaciones de repúblicas democráticas y del todo necesario sancionar a aquellos/as que han actuado de forma directa contra la democracia.

2.- La naturaleza y calidad de la representación política

Uno de los procesos más evidentes de la configuración política chilena (no es el único caso en el mundo) es la automatización extrema de los representantes políticos. La naturaleza de la representación política siempre fue entendida como un mandato fiduciario, esto quiere decir como una relación entre mandante y el mandatado sujeta irrestrictamente a la confianza del mandante. Si se pierde esa confianza, el mandatado deja de tener mandato. En cambio, pudimos ver cómo durante los años de las primeras grandes manifestaciones de protesta social desde el año 2006, los representantes políticos se configuraban objetivos por cuenta propia como declaraciones como que no hacían política controlados por la calle o que la política era un asunto de profesionales. Este desconocimiento permitió, entre otras cosas, revestir el actuar representativo por causas propias como una política moderna que era capaz de construir acuerdos país pasando de Ministerios a carteras gerenciales de las principales empresas nacionales. Este fenómeno solo puede ser contrarrestado con mecanismos generales de control ciudadano de los representantes políticos que incluya desde sanciones hasta destituciones y con bases partidarias realmente deliberantes que articulen no solo máquinas electorales sino instituciones civiles extendidas a la vida social.

3- La incapacidad histórica de incorporar a chile en el concierto internacional de forma sostenible

Otro fenómeno de arrastre estructural es la incapacidad de construir un proceso de desarrollo sostenible. A diferencia de otros momentos, las izquierdas nacionales y en el mundo no gozan de buena salud en sus programas económicos. Para qué decir de un programa económico socialista. Las discusiones distributivas, aunque necesarias, han copado la agenda programática, pero han obviado las palancas productivas de esas cargas. En otros términos, aún la izquierda carece de una estrategia de desarrollo económico. Ante esa orfandad, solo se atina a repetir consignas pasadas o adoptar pasivamente recetas anglosajonas. Sin embargo, este fenómeno de orfandad puede ser superado. Ante el estancamiento social, económico y político del modelo de crecimiento se puede responder, de frente, con un agresivo programa económico de desarrollo productivo conducido por un Estado desarrollista, unido a un proceso de democratización de las empresas, que se sacuda de teorías como el capital humano, la efímera retórica de ‘innovaciones’ y de moderaciones políticas, tan de típicas en los ‘economistas transversales’.

En definitiva, las victorias electorales de las izquierdas nacionales son sin duda esenciales para el bienestar de las clases populares del país, sin embargo, pueden convertirse en victorias pírricas si no son acompañadas de un programa agresivo y acelerado de reformas que se despliegue en las diversas instituciones y sobre todo que haga efectivo el poder constituyente actualmente mandatado, promoviendo la liberación de los presos políticos de la revuelta y desbaratando cada uno de los aspectos de nuestra vida que la tercera vía mercantilizó en nombre del progreso y la modernización (capitalista).

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