No todo lo que brilla es verde: sostenibilidad y reactivación post-pandemia

Claudia Silva Pinochet (WCS)
Bióloga con mención en Medio Ambiente, U. de Chile
Magíster en Ecología y Biología Evolutiva. Master en Manejo y Conservación de Biodiversidad

En la década de los 80, en respuesta a la preocupación por la contaminación ambiental y degradación de la naturaleza producto de la actividad humana, se acuñó el concepto de desarrollo “sostenible”, definido como aquel que satisface las necesidades del presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades. 

Desde entonces, el concepto ha ido creciendo en aceptación, al punto de transformarse en un paradigma, citado de forma casi transversal en todas las esferas de nuestra sociedad. El desarrollo sostenible es el marco rector de Naciones Unidas, la mayor organización internacional existente, a la cual Chile está adscrita. A nivel de Estados y empresas, políticas públicas y privadas se plantean en torno a la sostenibilidad. No obstante, la creciente y generalizada manifestación de descontento social en distintas partes del globo, junto con un nivel de degradación de la naturaleza sin precedentes en la historia de la humanidad indican que, pese ese éxito rotundo en la sociabilización del concepto, los reales avances en la sostenibilidad de nuestro modelo de desarrollo son escasos e insuficientes. ¿Qué estamos haciendo mal?¿En qué parte del camino entre teoría y práctica estamos fallando?

Profundicemos un poco en la forma en que hemos operativizado el concepto de desarrollo sostenible, para su aplicación práctica. Probablemente el modelo más popular para conceptualizar la sostenibilidad es el de “triple resultado”, en que la sostenibilidad se visualiza como un “equilibrio” entre tres ámbitos temáticos: el económico, el social y el ambiental. 

La propuesta es sensata y permite, mediante el desglose en categorías, llevar a la práctica el concepto a la toma de decisiones. El modelo de triple resultado nos indica que, cualquier cosa que visualicemos y deseemos, ya sea en términos económicos, sociales o ambientales, debemos restringirlo y ajustarlo, en función de las implicancias que esto tenga en otros ámbitos relevantes. 

El razonamiento tras el modelo de triple resultado no es incorrecto. Efectivamente, la economía, la sociedad y el medio ambiente se interrelacionan entre sí, y deben respetarse ciertos límites para que un ámbito no avance en desmedro del otro. Sin embargo, al focalizarse en los límites, el modelo resulta en una representación de estas tres esferas como competidoras entre sí. La traducción podría ser “Quisiéramos tener una economía vigorosa, pero no podemos porque tenemos que respetar las normas sociales y el medio ambiente.” O “queremos vivir en un ambiente saludable, pero tenemos que producir y comer”. El listado de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas es un ejemplo de ello, al decirnos “primero nos tenemos que ocupar de la pobreza y el hambre, y luego de mitigar el cambio climático y evitar la degradación de la naturaleza.” Como si una cosa no dependiera directamente de la otra.  

Al conceptualizar la economía, la sociedad y el medio ambiente como ámbitos aislados, que se interrelacionan solo en base a las limitaciones que uno impone a otro, el modelo falla en reflejar que la economía se construye en base a un sistema social que permite y sustenta el intercambio de bienes y servicios, y esa sociedad solo es viable en un contexto ambiental que puede sostener su existencia. En otras palabras, el modelo falla en reflejar la relación intrínsecamente beneficiosa y sinérgica entre estas tres esferas de la sostenibilidad. 

Quizás por la ineficacia en reflejar estas interdependencias, el modelo de triple beneficio en que las tres esferas tienen igual peso, ha derivado en el modelo de sostenibilidad de “Mickey Mouse”. En este modelo, la economía es el objetivo primordial y, si y solo si, (en negrita y subrayado) la economía es vigorosa, podemos preocuparnos de avanzar hacia una sociedad justa y un medio ambiente saludable. Si la economía cae, estas preocupaciones serían una especie de “lujo” que no podemos darnos. 

Pese al tono sarcástico que puede conllevar la denominación de “sostenibilidad de Mickey Mouse”, este planteamiento está lejos de ser una caricatura. Es un discurso real, traído a la palestra cada vez que la actividad económica se ve enfrentada a aplicar “consideraciones” socio-ambientales. Repetidamente escuchamos a distintos líderes indicar que “no se puede poner límites” a la actividad productiva o a la economía en general, y que la evaluación ambiental establece “obstáculos” a la inversión. Y en la práctica de la actividad empresarial, por mucho que se establezcan programas y líneas de inversión en ámbitos distintos al giro productivo de la compañía, las compañías siguen teniendo el objetivo (establecido por ley) de maximizar las utilidades para sus dueños y accionistas. Y los Estados hacen eco de la misma lógica. 

¿Cómo podemos cambiar la forma en que estamos llevando a la práctica la tan anhelada sostenibilidad, si la actual no parece estar funcionando? Bill Reed, en su influyente trabajo “Cambiando desde sostenibilidad a regeneración” nos recuerda las reflexiones del filósofo Paul Watzlawick: “existen dos tipos de cambio; aquel que ocurre dentro de un sistema, el cual se mantiene inalterado, y aquel cuya ocurrencia conlleva la transformación del sistema.” En la primera categoría se encontrarían, según Reed, cambios que apuntarían a “hacer mejor la cosas”, lo que se traduciría principalmente en mejorar la eficiencia del sistema. Tanto el modelo de triple beneficio como su versión distorsionada tipo “Mickey Mouse” apuntan en esa línea, buscando mejorar la eficiencia para disminuir así las “externalidades” negativas de un ámbito sobre sobre los otros (mayormente, de la actividad económica sobre las otras dos). Estos no han logrado inspirar cambios fundamentales al modelo de desarrollo; solo se trata de “mejoras”. Por eso son también conocidos como modelos débiles de sostenibilidad. Prácticamente sin excepción, todos los ejercicios de reinvención de sectores sumándoles el adjetivo “verde” caen en esa misma categoría: seguir haciendo lo mismo de siempre, pero con algunas mejoras y resguardos (siempre en la medida que la economía lo permita). En su mejor versión, se construyen agendas poco realistas en las cuales se postula que se maximizará el crecimiento económico, al mismo tiempo que sostener los más altos estándares sociales y medioambientales. Pese a las buenas intenciones, estas agendas más se asemejan a una lista de deseos para el Viejito Pascuero, en las que, como por arte de magia, repentinamente será posible lograr todo sin sacrificar nada. Incluso conceptos nuevos muy populares como la “economía circular” se mantienen bajo la lógica de mejorar la eficiencia y disminuir (o prácticamente eliminar, en este caso) las externalidades negativas (los desechos), sin cuestionar por ejemplo, con qué finalidad (y no solo cómo se produce). 

Reconociendo las limitantes de esta conceptualización de la sostenibilidad, se ha planteado el modelo de “diana” o de sostenibilidad fuerte, en el cual las esferas de la economía, sociedad y medio ambiente se presentan de forma anidada. 

Este modelo busca reflejar de mejor forma que la economía está contenida (y limitada) por la sociedad, y la sociedad contenida (y limitada) por el medio ambiente. No obstante, la economía queda al centro de la diana, como si el reconocimiento de los límites de los sistemas naturales para sostener vida y las reglas sociales que acordamos para construir sociedades más justas y armónicas tuvieran como objetivo último sostener una economía dinámica y vigorosa. Como si la economía fuera un fin en sí mismo. Asimismo, el modelo continúa con la lógica del garrote, enfatizando los límites que constriñen la actividad humana en el planeta. 

Una última propuesta de conceptualización de sostenibilidad es el modelo tipo “torta” planteado el Stockholm Resilience Centre para ordenar y jerarquizar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. 

A diferencia del modelo de diana, aquí se refleja de mejor forma la lógica de sustento basal que relaciona a cada ámbito con respecto al que se construye sobre él. El medio ambiente sostiene a la sociedad, literalmente. Es el suelo sobre el cual caminamos, sembramos, construimos; el aire que respiramos y el agua que bebemos. La economía se construye sobre los pilares de la sociedad. Si los pilares de la sociedad tiemblan, tiembla la economía. Si la sociedad quiere sostener una economía basada en la extracción de recursos naturales, contaminación ambiental y degradación de la naturaleza, esa sociedad está horadando las bases de su propia supervivencia y bienestar; es como un perro mordiendo su propia cola. Llama la atención que, siendo la nuestra la única especie racional que ha existido en el planeta (y en el universo, por lo que sabemos), capaces de grandes obras de arte y filosofía e ingeniería, no seamos capaces de salir de esta dinámica absurda.

El modelo tipo torta se acerca más a una conceptualización que cambia la forma en que entendemos la sostenibilidad, conllevando un cambio a nivel del modelo o sistema, más que una mejora del sistema existente. El énfasis ya no está en los límites que un ámbito impone a otro, sino en su relación causal y beneficiosa, en la cual lo que pongamos en la cima solo puede ser tan estable y vigoroso como lo sean sus bases. 

Sin embargo, ninguno de estos modelos responde a la pregunta más fundamental. ¿Qué queremos lograr con toda esta actividad económica? ¿Qué tipo sociedad queremos construir? ¿De qué se trata exactamente ese tan renombrado “desarrollo” al que queremos dar sostenibilidad? Quizás una de las razones por las que nos cuesta tanto dejar de ver el crecimiento económico como un fin en sí mismo, es porque no hemos sabido definir bien otro fin que nos permita reemplazarlo. Como lo dijo el académico y ambientalista norteamericano Gustave Speth hace algunos años, la crisis ambiental no es realmente ambiental, sino espiritual y cultural, y los científicos no tienen la solución para eso. Esperemos que la especie más ingeniosa que ha habitado la tierra, sepa encontrarla a tiempo.

(imágen destacada de atxehumografico)

1 Comment

  1. A qué hora el ser humano se desconecto “rompió el cordón umbilical que lo unía con la madre tierra”.
    Muy de acuerdo con el señor Gustave Speth que dice que esta crisis es espiritual y cultural, el ser humando mirándose a si mismo pierde contacto con el próximo y todo su entorno, se han generado discursos intracendentes para la vida planetaria, pero que nos colocan a consumir y reproducir discurso. Para donde sigue la evolución del discurso?
    Las pequeñas acciones de conservación y recuperación socio ambiental alcanzaran a resonar y ser significativas?

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