Una revisión socialista a la crítica (neoliberal) al neoliberalismo

I. La bancarrota de una tesis

Uno de los resultados no premeditados del estallido social de Octubre 2019 fue que resolvió, en solo un par de días, un asunto clave y de larga data: ¿cómo podía explicarse que un orden que de acuerdo a sus críticos, estaba económicamente estancado y socialmente fracturado, se erigiera como el oasis de estabilidad en la región? Frente a esta paradoja, se presentaban dos opciones: una, donde lo que existía era una modernización capitalista pujante donde el descontento era una mera ficción y, la segunda, que sostenía que la ficción era la propia modernización capitalista y el descontento, un fenómeno crecientemente real. El estallido dirime la disputa y nos revela la respuesta correcta. 

En efecto, hoy por hoy, el rector Carlos Peña aparece muy solo sosteniendo su conocida tesis que todo esto ha sido el resultado propio de la anomia que emerge a partir de toda modernización capitalista exitosa. Y aquella soledad es importante por cuanto refleja la bancarrota de una tesis que gozó de dominio absoluto sobre los análisis del modelo y sus tensiones desde fines de los años ochenta hasta la actualidad. Dicha tesis, que comenzara con la obra de un intelectual orgánico de la Concertación como Tironi (1990) y continuara con el famoso informe del PNUD sobre el malestar de 1998 (y a partir de allí deviniera en la forma de comprender el asunto en los debates posteriores), se podía sistematizar de la siguiente manera: el proceso de libre comercio y mercantilización de las áreas fundamentales de la reproducción social había rápidamente ‘modernizado’ la economía nacional (boom de crecimiento, diversificación exportadora, aumento del consumo, individualización, emergentes clases medias, malls), pero esa modernización generaba descontento por dos razones. Primero, producto del proceso de individualización de la modernidad, se generaba una anomia social, esto es, un sentido de pérdida de pertenencia y arraigo ante la vorágine secularizadora de la expansión del capital y la competencia. Segundo, los que aún no se integraban de lleno a esta modernización, sufrían por su precariedad material. 

De esta forma, el relato complaciente presentaba dos tesis complementarias, donde la primera era liderada por la riqueza material que emergía y que generaba una duda ‘existencial’ en la población, mientras que en la otra era la incapacidad (únicamente temporal) de integrarse aún a dicha dinámica modernizadora. Frente a este constructo, la modernización sólo podía ser culpable de una cosa: del progreso material que, aunque a ritmos diferentes entre la población, terminaría por integrar a todos al progreso.  

Pues bien, esa tesis es la que hoy ha perdido su hegemonía. Aún más, hoy es de común conocimiento que la economía se encuentra estancada desde hace largo tiempo. Que la productividad está en el suelo hace veinte años, que las exportaciones no han podido superar su dependencia de la explotación de recursos naturales, y que los bajos salarios y las pensiones son problemas inherentes al modelo económico y fuente del malestar son datos que, inesperadamente, aparecen incluso en los matinales de televisión. De esta forma, nombrar aquello perdió, por tanto (y en buena hora) su novedad.

Sin embargo, lo que sí es novedad son los intentos por indagar sobre las causas y las soluciones a lo que vivimos hoy. Y en ese terreno ha comenzado a emerger una especie de nuevo consenso que se podría resumir como ‘la crítica neoliberal al neoliberalismo’.

II. La crítica neoliberal al neoliberalismo

En la vorágine de publicaciones, artículos, libros flash, entrevistas, etc. que han emergido (y seguirán emergiendo) estos meses intentando dar explicaciones del octubre 2019, distintos comentaristas han sugerido diferentes ideas. Sin embargo, estas ideas tienen en su trasfondo, curiosamente, una hipótesis común. Lo que habría sucedido en Chile es que se instaló un tipo de capitalismo de carácter rentista y ‘de amigos’ cuya característica fundamental es la acumulación de ganancias extraordinarias restringiendo la competencia, formando nichos cautivos de mercado y realizando grandes colusiones entre empresarios. Nos centraremos en dos autores que han sostenido en forma más coherente dicha propuesta: los destacados economistas James Robinson y Luigi Zingales.

James Robinson, el co-autor del famoso libro Por qué fracasan las naciones, sostiene que el gran problema del desarrollo chileno es de carácter social y lo que estaría detrás del descontento sería la muralla que separa la elite de la población y que refuerza el carácter endogámico de la primera. Esta muralla se constituye como un circuito educacional exclusivo y excluyente que restringe las chances de escalar socialmente al resto de la sociedad, sosteniendo una desigualdad de carácter estructural y fuente de acumulación de malestar.

Sobre lo anterior, Luigi Zingales, co-autor de Saving Capitalism from the Capitalists y con una presencia mediática considerable en Chile, sostiene una hipótesis complementaria, centrada en las características del mercado. Para Zingales, Chile logró un éxito macroeconómico que lo erigió como el país más dinámico de la región. Sin embargo, el capitalismo construido en Chile fue ‘de amigos’, basado en fuertes conexiones entre elites económicas -ansiosas de ganancias extraordinarias y reacias a la competencia- y la elite política. En su miedo a la competencia de mercado, las elites económicas se coludieron en diversos mercados (papel, farmacias, pollos, pañales), aseguraron derechos exclusivos de propiedad (agua, litio, etc.) y corrompieron al sistema político (financiamiento ilegal) a partir de las rentas acumuladas por las privatizaciones de la dictadura. Aquello generó una serie de barreras de entrada que impidieron en la práctica el desarrollo de las fuerzas dinámicas de la libre competencia. 

Para este argumento, las restricciones a la competencia son claves, en tanto las fuerzas de la innovación derivan precisamente de la disciplina que impone la competencia y cómo esta dinámica obliga a los capitalistas a ser empresarios. Es bajo esta premisa que la economía pueda estar en un constante proceso de ‘destrucción creativa’, permitiendo un crecimiento sostenido, ganancias menores (la competencia presiona a la igualación de las tasas de ganancia) y generando mejores empleos.

De esta forma, el libre comercio -que es la fuente del progreso-, según Zingales, quedó restringido por las propias elites económicas. La solución de Zingales se deriva del problema que construye: salvar al capitalismo de los capitalistas es volver a asegurar una libre competencia que elimine las rentas (en tanto éstas últimas son la brecha entre la equivalencia entre el precio real de un bien y el que existiría en una situación de libre competencia) y permita que nuevos emprendedores entren al mercado. 

Aquellas hipótesis (elite endogámica que, por un lado, se reproduce erigiendo barreras de entrada a los espacios de producción de capital simbólico y cultural y, por otro, impone restricciones a la libre competencia para acumular rentas) han sido reproducidas en forma acrítica por diversos comentaristas nacionales. Las soluciones que emergen de dichos comentaristas se han centrado en demandar férreas regulaciones que aseguren la verdadera libre competencia junto con estimular la formación de nuevos empresarios.  Que los emprendedores como Cornershop de Chile superen al rentismo de la CMPC, decía un periodista hace un tiempo, o que Mustakis y los creadores de NotMayo reemplacen a la vieja guardia de los capitalistas coludidos, dicen otros. De esta forma, se propone que el ‘capitalismo de libre competencia’ supere el ‘capitalismo de amigos’. 

Pero ese ‘capitalismo de libre competencia’ también debe ser equitativo. La gran desigualdad del ‘capitalismo de amigos’ debe ser afrontado por un nuevo acto de voluntad por parte del capital, no vía la aceptación de nuevos mecanismos impositivos, sino vía acciones voluntarias y ‘predistributivas’. La exdirectora de la Bolsa de Santiago, Jeannette von Wolffersdorff, ha sostenido un nuevo capitalismo que incluya la equidad dentro de sus preceptos, sugiriendo que grandes empresarios cedan voluntariamente parte de sus acciones a un fondo público que se destine exclusivamente a ‘transferencias directas’ a la población. De esta forma, la gente se convierte en partícipe del éxito (o fracaso) de las empresas y además, sostiene von Wolffersdorff, se obtendría la equidad por medio de un mecanismo de provisión de recursos a la población que no pase ‘…por la burocracia ni programas gubernamentales’. La exdirectora no se equivoca. El asunto en el fondo, es entender que ‘donar parte de su capital, aunque sea el 5%, no va a cambiar sus estilo de vida ni su poder…De hecho, con algo así sostendrían su poder de mucho mejor forma que aferrándose al 100%, porque estarían más legitimados por la sociedad’ (El mercurio, 24 noviembre, B8).

El diagnóstico de los dos capitalismos en disputa (uno bueno y competitivo y otro malo y coludido) y la propuesta que emergen, esto es, asegurar la libre competencia, estimular emprendedores, promocionar actos voluntarios de ceder dividendos directos a la población y transformar a la gente en rentistas financieros, es interesante precisamente porque no es nueva. La misma batería de argumentos la encontramos en la crítica neoliberal al estado y al proyecto desarrollista de los setenta. Por ejemplo, Krueger ya en 1974 acusaba al Estado de restringir el libre comercio, asegurar rentas a los productores, impedir la entrada de nuevos emprendedores y, por lo tanto, generar un estancamiento en el desarrollo de los países. Algo similar decía Bhagwati en 1982, señalando que la acumulación de rentas hacía que las inversiones privadas fueran hacia coimas al gobierno y asegurar los nichos cautivos para restringir la competencia y no hacia inversiones productivas. En la actualidad, la literatura neoliberal señala lo mismo: los grandes problemas de la época son la ausencia de competencia, la conformación de oligarquías rentistas (alianzas entre capitalistas y sus amigos políticos) que restringen el dinamismo del libre comercio. Desatadas las fuerzas del comercio, estimulando públicamente la formación de emprendedores, el espíritu innovador renacerá, aumentando la productividad agregada de la economía y permitiendo la base material para que actos voluntarios de política social de los emprendedores (idealmente en forma directa y sin pasar por la grasa del Estado) puedan incluir a toda la población a la (ahora sí) modernización capitalista.

Así visto, la reciente crítica al modelo chileno utiliza exactamente el mismo repertorio con el cual el modelo se justificaba. Aquello de por sí, por supuesto, no es negativo. Incluso más, si su crítica fuera a la raíz del problema, sería digno de aplaudir por la osadía y creatividad de usar un discurso contra su propio creador. Por desgracia, dicha crítica no cumple con dicho objetivo. 

III.La falsedad de la crítica: traer de vuelta la modernización capitalista por la puerta trasera

Al establecer esa dicotomía entre un capitalismo competitivo (bueno) y uno de amigos (malo), gran parte de esa crítica asume una visión teórica e idealizada del capitalismo que utiliza para contrastarla con el capitalismo realmente existente. En efecto, el capitalismo realmente existente no se corresponde con la versión teórica que se presenta en los manuales de economía (y sobre la cual la crítica contrasta), donde se enfatiza la existencia de empresas precio-aceptantes, sin poder de mercado, compitiendo por los mismos productos, sin asimetrías de información, y en el cual la ganancia se limita por la competencia de precios y donde el sistema financiero únicamente actúa como intermediador entre oferentes de capital y emprendedores ansiosos de poder innovar tomando riesgos.

Aquí la historia es más útil que la economía neoclásica. Como nos recuerda Braudel, el capitalismo entra en la escena europea justamente en las áreas de acumulación monopólica. Solo en estos casos se lograba el volumen de renta que permitía tomar riesgos en nuevas inversiones de largo plazo y desplegar así radicales transformaciones productivas. A su vez, Marx y Polanyi relatan cómo el capitalismo emerge no con el intercambio libre entre propietarios que rompen con las barreras de la monarquía y los feudos (como soñaba Smith), sino con las fuertes dislocaciones sociales que implicó la concentración de la propiedad (capital y tierra) en manos de una naciente burguesía comercial, consolidando la revolución industrial (no por nada el capitalismo industrial comenzó en Inglaterra y no en los libremercadistas y comercialmente abiertos Países Bajos).

A su vez, ya desde finales del siglo XIX el en capitalismo del mundo desarrollo se consolida definitivamente una competencia monopolística entre grandes carteles industriales y financieros, muy distinta de la ‘libre competencia’. Es sobre ese capitalismo ‘organizado’, ‘burocratizado’ de grandes asociaciones económicas coordinando inversiones y regulando la competencia, sobre la cual Keynes, Schumpeter y Veblen teorizaron e intentaron dar cuenta de sus potenciales productivos, pero también de las inestabilidades financieras, ciclos de estancamiento económico, concentración de la riqueza y el sometimiento laboral que venían con dicho orden. 

Aún más, lo que caracterizó el desarrollo capitalista europeo (Alemania y Francia por ejemplo), fue justamente el surgimiento de grandes burocracias capitalistas que, aprovechando sus economías de escala, y con el sostén financiero y proteccionista de las burocracias estatales, lograron dar saltos tecnológicos radicales (Gerschenkron, 1962). La misma articulación entre grandes burocracias públicas y capitales oligopólicos estuvo detrás de los desarrollos capitalistas de Japón, Corea del Sur, Finlandia o China.

En síntesis, ni en sus orígenes, ni en el siglo XX, ni en los casos de desarrollos capitalistas más llamativos que conocemos, tenemos ese capitalismo de mercados competitivos y de libre concurrencia que la crítica neoliberal al neoliberalismo supone posible y deseable. Más bien la libre competencia genera, endógenamente, la centralización del capital y la competencia monopolística. El punto central, así visto, es que no se trata dos modelos diferentes de capitalismo, sino que el capitalismo oligopólico ‘de amigos’ es el resultado natural de la competencia capitalista misma.

El caso chileno es un ejemplo de lo anterior. Todo el proyecto neoliberal se sostenía en la premisa que era posible construir, a partir del Estado, esa idea de libre competencia que limitara la concentración, el rentismo y estimulara la competencia. Pero eso era el discurso. En la práctica, la verdadera fuerza de la acumulación vino (como en todo orden capitalista) de la enorme reestructuración de las relaciones de propiedad en la sociedad. En efecto, los núcleos de competitividad agro-forestales de exportación se iniciaron a partir de un ciclo de privatizaciones y adquisición por grupos económicos de las tierras en manos de pequeños propietarios y campesinos en los años setenta. Un caso ejemplar de ‘acumulación primitiva de capital’ (Kay, 2002). Lo mismo sucedió en el plano de los servicios sociales, sector financiero y comercial. Si algo caracterizó la construcción del capitalismo de libre competencia fue el traspaso masivo de activos del Estado y pequeños comerciales, propietarios, agricultores, etc. a nuevos grupos económicos. 

Aquello generó las bases materiales para el dinamismo de los noventa. Incluso hubo gente que señaló que esos nuevos grupos económico constituían verdaderos empresarios schumpeterianos, tomadores de riesgo, agregando valor a las exportaciones, generando una nueva cultura organizacional en las empresas, entrando en la competencia internacional y, de esta forma, dando un merecido impulso a la economía luego de la crisis de los ochenta (Montero, 1997).

Pero la estrategia de asegurar la libre competencia, construyendo mercados flexibles (incluido el laboral), no generó los resultados esperados. El patrón liberal de inserción en los mercados internacionales (bajando los aranceles a virtualmente cero, protegiendo la propiedad y el capital de las inversiones extranjeras, eliminando todas las medidas de promoción y estímulo público a exportaciones) consolidó las exportaciones en torno a las áreas de altas ganancias de corto plazo para el capital: sectores extractivos de acumulación de rentas de recursos naturales. Y la razón de su extractivismo y desinterés por innovar, no es su amiguismo, ni su miedo a la competencia, es el resultado de su cálculo racional ante la libre competencia internacional: se invierte donde se es competitivo hoy, no mañana. La competencia no espera, y en ese mundo, ‘quien no asciende, desciende’, decía Weber.

En el mercado interno, el libre comercio ha resultado en que la gran empresa explica el 85% de las ventas de la economía, relegando a las pyme a una posición marginal (15% de ventas y explicando más de la mitad de los empleos nacionales) (datos SII, para el 2015). Aquella concentración, otra vez, no es resultado de barreras de entrada ni de asegurar nichos, sino el resultado de grandes unidades económicas que, aprovechando sus economías de escala y sus mayores tasas de ahorro, pueden ser más competitivos que unidades menores, terminando con grandes áreas del mercado en sus manos. 

La flexibilidad en el mercado laboral (ausencia de negociación por rama) y la débil sindicalización, ambas premisas para la libertad de comercio en el plano del trabajo, ha concluido con salarios menos de 400 mil pesos para el 50% de los trabajadores, baja permanencia laboral y el crecimiento de empleos precarios como las sostenidas por las nuevas economías de plataforma. Por ejemplo, Cornershop -un caso generalmente citado como el futuro de lo que debieran ser las nuevas generaciones empresariales en Chile- sustenta toda su estrategia competitiva en aquello: ofrecer el servicio de reparto a domicilio por medio de fuerza de trabajo que asume el costo del medio de transporte y carece de contrato. Una forma de relación laboral del siglo XIX pero en el contexto de ‘economías colaborativas digitales’. 

Una sociedad dirigida por la estrategia de aquel ejemplo del emprendedor competitivo que pregona la nueva crítica, Cornershop (cuyos fundadores, en un acto poco ‘empresarial’, la vendieron en 2018 a Walmart), sería incluso más regresiva para la clase trabajadora que la situación de hoy.

De esta forma, el extractivismo y la ausencia de innovación, la concentración económica, y la precariedad laboral, no son la antítesis del libre comercio, sino su natural resultado. Y la oligarquía que se forma, las alianzas con el mundo político, los circuitos cerrados de generación de capital simbólico, son únicamente sus más evidentes consecuencias, mas no sus causas, como defiende la crítica neoliberal al neoliberalismo.

Así visto, la crítica que hemos comentado termina siendo una crítica superficial, cosmética e ilusoria al problema en cuestión. Confunde causa con consecuencia, idealiza un modelo inexistente y nos llama a una acción sorprendente: para solucionar los problemas que ha generado la competencia capitalista se necesita aún más competencia.  El capitalismo realmente existente debe mejorarse con mayores dosis de sí mismo, y por ello, el neoliberalismo que se critica de frente, termina entrando por la puerta de atrás.

IV. Esbozo para una crítica socialista

Una de la las conclusiones más claras de Keynes era no solo que el capitalismo de laissez faire no tenía mecanismos internos para asegurar el pleno empleo, como sostenían sus coetáneos neoclásicos, sino que en situaciones de sub-empleo y estancamiento, los capitalistas carecían de las fuerzas e intereses para salir de dicha situación (debido, principalmente, al carácter incierto de la inversión), anclándose en un equilibrio sub-óptimo, acumulando malestar y descontento social y entrando en un peligroso camino de estancamiento secular. 

Una situación similar vive el capitalismo chileno. El asunto no es solo ese estancamiento que hoy por hoy es de sobra conocido, sino que los grandes conglomerados carecen de los intereses para sembrar un nuevo pacto social para un tipo de desarrollo alternativo que supere dicho escenario. De esta forma, una crítica radical debe girar su análisis desde la visión idealizada del libre comercio a la necesaria problematización de las fuentes del poder de dichos conglomerados: el control de la producción y distribución del excedente socialmente construido. 

Para la tradición socialista, las empresas, en particular las grandes organizaciones burocrática-centralizadas de los conglomerados económico-financieros (cuyas características permearon las estructuras organizacionales de las empresas capitalistas desde principios del siglo XX hasta hoy) no deben ser entendidas como únicamente organizaciones privadas que maximizan ganancias, sino (debido a su tamaño, poder de mercado y, por tanto, influencia -ya sea vía mecanismos directos como estructurales- en el orden económico y político) como infraestructuras cuasi-públicas que deben ser gobernadas (o disciplinadas) por organizaciones político-democráticas. En tanto sus decisiones podían disputar con éxito a la república las decisiones colectivas, era deber del socialismo expandir la democracia republicana a la empresa (Domenech, 2019).

Aquella posición tiene una validez creciente en el contexto chileno. En una economía donde grandes conglomerados controlan diversos mercados en forma oligopólica (tres Isapres controlan el 64% de la provisión de salud, dos AFP tiene el 63% de los afiliados, dos supermercados el 64% de las ventas, cuatro bancos el 64% de las colocaciones, dos productores de pollos el 71% de las ventas, tres empresas el 74% de la generación eléctrica, el duopolio en los medios de comunicación, dos empresas el 94% del sector forestal) y sus decisiones de inversión están detrás del tipo de crecimiento actual y de las redes de influencia política que minan la legitimidad de la república, ¿no es una opción la demanda de la extensión del principio republicano de participación y control público al terreno de la organización corporativa de los conglomerados?

Luigi Zingales sugiere como alternativa que el Estado separe empresas de los conglomerados, emergiendo así pequeñas empresas sin poder de mercado, asegurando así un mercado de unidades precio-aceptantes. Pero en eso se equivoca, los grandes despliegues productivos no han venido de la mano de pequeñas empresas compitiendo sino, como nos recuerda Braudel (y Schumpeter), de grandes estructuras organizativas burocráticas que aprovechan economías de escala y sus grandes tasas de ahorro e interactúan activamente con el Estado: así fue con Nokia y el estado finlandés, Samsung y Corea del Sur, Honda y Japón, o Huawei y China, etc. (sobre esto, ver Lazonick, 2010).

Una posición socialista al respecto sería aprovechar las economías de escala, logística, estructura organizativa y canasta diversificada de inversiones de las organizaciones burocráticas de los conglomerados para democratizar sus mecanismos directivos (hoy sanguínea-familiarmente determinadas -los ‘Angelini, los ‘Luksic’, etc.) e imponerle principios públicos de acción. Por de pronto, diversificar sus inversiones hacia sectores productivos e intensivos en conocimiento y no meramente rentistas (tal como lo hicieron los casos antes nombrado). Pero también, dicha democratización permite mermar su poder político, en tanto incluir, por ejemplo, los sindicatos y representantes del estado en las juntas directivas limita el poder de los accionistas  y permite que la distribución de los excedentes pueda ser un tema de deliberación civil y no de voluntad arbitraria del capital (ver Block, 2018). Con eso se puede lograr los mismos objetivos que von Wolffersdorff ofrece, pero con un elemento adicional decisivo: el capital pierde poder ante la república. 

Paralelo a republicanizar la empresa, el socialismo tradicionalmente ha puesto el acento en un nuevo régimen tributario progresivo, centrado crecientes impuestos al patrimonio para desconcentrar los activos y redirigir capitales hacia áreas socialmente productivas (algo defendido hoy por Piketty, Stiglitz, etc.) y una re-ingeniería en materia de recursos naturales. En una economía como la chilena, los sectores del litio, cobre y forestal (cada área bajo controles burocrático centralizados de capitales), se deberían replantear la naturaleza de su propiedad. En efecto, el caso noruego con el petróleo es ejemplar. Statoil (empresa cuyo accionista mayoritario es el Estado con un 67% de las acciones) produce el 60% del petróleo nacional y el régimen normativo en torno al petróleo ha forzado a las inversiones extranjeras a entrar en acuerdos con capitales nacionales para crear encadenamientos productivos y evitar la formación de enclaves económicos (Wirth & Cendrero, 2017). No pensar en mecanismos similares para los pilares del crecimiento nacional es, en estricto rigor, entregar a burocracias privadas la autoridad de decidir sobre qué hacer en dichas dimensiones, con todos los costos sociales, ambientales y económicos que ya hemos visto (expansión extractivista, zonas de sacrificio, rentismo improductivo, financiamiento ilegal a la política, etc.).

Finalmente, la crítica socialista ha tenido como elemento medular sacar al mercado de las áreas fundamentales de la reproducción social (tierra, trabajo, dinero, conocimiento) en tanto identificaba en la mercantilización de dichas dimensiones las causas últimas de las dislocaciones sociales que emergen en la sociedad de mercado. Frenar la expansión extractivista y proteger bosques bajo el principio republicano de garantizar los medios de existencia materiales por sobre el principio de propiedad (como rezaba la Constitución jacobina de 1793), ha sido una demanda de parte central del movimiento indígena y local en América Latina y Chile. De la misma forma, asegurar negociación sindical ramal, y proveer educación pública han sido demandas típicamente socialistas encaminadas a reducir la dependencia del trabajo al capital, aumentando el poder de negociación del primero y generando una red pública de sostén material al margen de la posición del sujeto en el mercado. 

Republicanizar la empresa, aumentar el control público del excedente en el plano pre- y re-distributivo, aumentar el poder empresarial del estado y desmercantilizar áreas de la vida social son ejes de una alternativa socialista. Dicha alternativa tiene un diagnóstico más profundo y menos ficticio que el que hoy se despliega en los medios y en las vorágine de escritos y llama no a cambiar el capitalismo realmente existente por una imagen teórica del mismo, sino a salvar la república de la dinámica propia del capital. 

Si ese proyecto se ve hoy como utópico es irrelevante. La demanda del voto universal también fue acusada de utópica e irresponsable por las oligarquías de turno. La veracidad de una crítica no tiene relación con sus posibilidad presentes, pero si algo caracteriza a todo republicano y heredero de la Ilustración, es la certeza de que, cuando se anote el resultado final, la verdad se impondrá sobre la ficción.

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