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Por qué la eficiencia es perjudicial y tomarse las cosas con más calma mejora la vida

‘Slow down, you move too fast

‘The 59th Street Bridge Song (Feelin’ Groovy)’ (1966) by Paul Simon

Veneramos la eficiencia. Use menos y obtenga más. Despacho en el día. Multitarea; escriba en un aparato mientras envía email por un segundo aparato y quizás converse por un tercero. La eficiencia es vista como un valor en sí. La ineficiencia como un mero desperdicio. 

Existe una buena razón para pensar de esta manera. Los economistas nos enseñan que el incremento de la eficiencia es la mejor manera de mejorar nuestro estándar de vida. Si tu empresa te da un aumento de sueldo sin mejorar su eficiencia, tendrá, por el contrario, que aumentar sus precios para compensar el déficit. Si todas las empresas hacen lo mismo, todos terminarán donde mismo: necesitarás salarios más altos para igualar los precios más altos de las cosas que compras. Por tanto, si deseas que haya progreso material, debemos ser más eficientes. Cadenas de suministros optimizadas, despachos a tiempo y no holgazanear, todo sirve para incrementar la eficiencia. Logre esto y todas nuestras vidas mejorarán cada vez más, al menos eso es lo que nos prometieron. 

Para los fabricantes de automóviles, quienes desean hacer rendir la mayor cantidad de millas por galón de combustible como sea posible a partir del diseño de sus automóviles, la resistencia del aire y el agarre al camino son los enemigos de la eficiencia. En el mundo de las finanzas, es en el intercambio donde se producen las mayores fricciones. Antes del dinero, el cosechador de papas debía usar sacos de papas para intercambiarlos por huevos y leche. Tal como el historiador británico Niall Ferguson nos lo recuerda en su libro The Ascent of Money (2008), la invención del dinero contribuyó en gran medida a reducir esta ineficiencia, y mucho de lo que ha sucedido en el mundo financiero en los últimos 200 años puede verse como una continuación de aquella revolución. 

El crédito, por ejemplo, implica que puedes ir a comprar huevos y leche incluso sin tener el dinero en el momento. Los mercados financieros han desde entonces llevado la eficiencia a otro nivel. La creación de los ‘mercados de opciones’ implica que no hay que tomarse la molestia de comprar una acción que, de todos modos, se va a vender pronto. Se puede simplemente prometer comprarla y luego venderla al precio y la fecha estipulada en el contrato de opción. Y luego puedes negociar la opción en lugar de la acción subyacente.

Cada uno de estos desarrollos y muchos otros han hecho más fácil el hacer negocios sin tiempo y energía desperdiciados – sin fricción. Cada uno ha hecho las transacciones económicas más rápidas y más eficientes. Eso es obviamente bueno en muchos sentidos. Sin embargo, la crisis financiera de 2008 sugirió que tal vez podría haber sido demasiado bueno. Si las hipotecas y otros préstamos no hubiesen sido transformados en activos negociables (‘títulos’), los banqueros podrían haber destinado el tiempo para comprobar  la solvencia crediticia de cada solicitante. Si las personas tuvieran que ir a un banco para retirar dinero, podrían gastar menos y ahorrar más. Esto no es una simple especulación; por ejemplo, una investigación llevada a cabo por el economista ganador del Premio Nobel, Richard Thaler, muestra que las personas pagarán más por un ítem si usan la tarjeta de crédito que efectivo. Podría decirse, entonces, que una pequeña fricción que nos hiciera tomar una pausa habría permitido que tanto las instituciones como los individuos tomaran mejores decisiones financieras.

Hace ya una década, el psicólogo estadounidense Adam Grant y yo postulamos en una revista académica que este fenómeno del ‘demasiado bueno’ podría ser una regla general. Cierta cantidad de motivación genera un desempeño óptimo; demasiada motivación genera ahogo. Cierta cantidad de colaboración grupal produce cohesión y mejora la productividad; demasiada colaboración conduce a un estancamiento. Cierto grado de empatía te permite entender lo que está afectando a otra persona; demasiada podría evitar que digas o hagas cosas que puedan ofender. De la misma manera, sostuve en mi libro The Paradox of Choice (2004) que si bien una vida sin libertad no merece ser vivida, una vida con demasiadas opciones conlleva a la parálisis, malas decisiones e insatisfacciones. Encontrar la cantidad adecuada – lo que Aristóteles llamó ‘medios’ – de motivación, colaboración, empatía, opciones y otros tantos aspectos de la vida, incluyendo la eficacia, es un desafío fundamental que enfrentamos tanto como individuos y como sociedad.

Sin embargo, encontrar el medio no es fácil. El poeta inglés William Blake dio cuenta de esto en El Matrimonio entre el Cielo y la Tierra (1790-93): ‘Nunca sabrás qué es suficiente, a menos que sepas qué es más que suficiente’.

Si la crisis financiera nos enseñó que nos volvimos demasiado eficientes con nuestras transacciones, ¿qué nos enseñará la pandemia del Covid-19? ¿Por qué no hemos almacenado suministros y maquinarías relevantes, fortalecido la capacidad hospitalaria o asegurado la robustez de nuestras líneas de abastecimiento? La razón, claro está, es que esto sería visto como ineficiente y robo de ganancias. Dinero gastado en mascarillas y batas que acumulan polvo en una bodega siempre podría destinarse a usos más ‘productivos’ en el mercado. De la misma manera, contratar a más personas que lo necesario bajo circunstancias ‘comunes’, o que cada uno cree sus productos en vez de recurrir a la cadena de abastecimiento internacional, sería visto como ineficiente. Algo que aprender, por tanto, es que para estar mejor preparados para una próxima vez, tenemos que aprender a vivir de manera menos ‘eficiente’ aquí y ahora.

Visto así, al menos cierta ineficiencia es una suerte de póliza de seguro. Piense en su propia situación. Cada año que no se ve envuelto en un accidente de automóvil  y su casa no se quema por completo y goza de buena salud, usted podría pensar que ha ‘desperdiciado’ su dinero en varios productos de seguros sin sentido, y que financieramente estaría mejor sin todas estas primas de seguro por pagar.

A la mayoría de nosotros nos desagrada sentir que estamos desperdiciando dinero en seguros. Preferiríamos estar vistiendo ese dinero, o comiéndolo, o conduciéndolo. Hace unos años atrás, y con dificultad, convencí a mi ya envejecida madre para que suplementara su póliza de seguro de salud básica con un producto de seguro más amplio. Sus recursos eran modestos y la póliza no era barata. Pasaron los años y, felizmente, no tenía ninguna condición médica seria que requiriera el uso de una cobertura extra. Cuando llegó la hora de renovar la póliza, mi madre se resistió porque, de hecho, el dinero que había gastado el año anterior había sido ‘desperdiciado’. Mi respuesta, quizás indebidamente sarcástica, fue sugerirle que tal vez el próximo año fuese más afortunada y tendría una enfermedad seria que haría valer lo gastado en el seguro.

Afortunadamente, en muchos dominios, las regulaciones gubernamentales nos protegen de nuestro deseo de una sobrestimada eficiencia financiera personal al forzarnos a tener seguros. Las leyes requieren que nuestros automóviles estén asegurados al igual que lo requieren las hipotecas de nuestras casas. En los Estados Unidos, el ‘Obamacare’ (el Affordable Care Act promulgado en 2010, diseñado para aumentar el número de ciudadanos estadounidenses cubiertos por seguro médico) esencialmente obligó a las personas a tener seguro médico hasta que las leyes fiscales aprobadas en 2017 hicieron que esto no se pudiera llevar a cabo al derogar las sanciones por no tener cobertura. 

Una forma de mirar el seguro, a pesar de lo ineficiente que podría parecer, es que nos permite ser resilientes frente a impactos que podrían sucedernos a causa de un mundo radicalmente incierto. Y el mundo es radicalmente incierto. Los economistas ingleses John Kay y Mervyn King señalan en su libro Radical Uncentainty (2020), que los esfuerzos por cuantificar el riesgo mediante la asignación de probabilidades a varios escenarios futuros improbables del mundo son mayormente ciencia ficción. El mundo es más caótico que una ruleta o un par de dados. 

¿Qué debemos hacer para encarar  esta incerteza radical? Cuando tomemos decisiones, en vez de preguntarnos qué opción nos dará los mejores resultados, debemos preguntar qué opción nos dará resultados suficientemente buenos bajo el más amplio rango de escenarios futuros del mundo. En vez de intentar maximizar el retorno de la inversión en nuestra cuenta de retiro, deberíamos establecer una meta financiera y luego elegir inversiones que nos permitirán alcanzar el objetivo bajo las más amplias circunstancias financieras posibles a futuro. En lugar de buscar el ‘mejor’ empleo, deberíamos buscar uno que sea suficientemente bueno, suficientemente satisfactorio, pues los compañeros de trabajo y los gerentes van y vienen, y la economía futura cambia. En vez de elegir la mejor universidad a la cual asistir, deberíamos escoger una que sea lo suficientemente buena, incluso con un desagradable compañero de cuarto y una aburrida profesora de Introducción a la Biología. 

El término empleado para describir este enfoque a la toma de decisiones es satisfactorio. Y lo satisfactorio con la mirada puesta en un futuro radicalmente incierto podría definirse como fuertemente satisfactorio. Lo satisfactorio es una forma de seguro – seguro contra derrumbes financieros, pandemias globales, jefes odiosos, profesores aburridos y compañeros de cuarto desagradables. El seguro puede parecer aburrido – como aquel tipo que usa cinturón y suspensores. Quizás no necesitamos los dos, ¿pero qué pasa si no tenemos ninguno? 

Pienso que el verdadero defecto del capitalismo, que fue revelado en la crisis financiera de 2008, fue su propósito desenfrenado y obstinado con la ganancia y la eficiencia. Y tal vez la autentica falencia manifestada en nuestra falta de comprensión de la pandemia del 2019-20 fue una manifestación de lo mismo. El capitalismo no tiene por qué ser desenfrenado y obstinado. No lo es en otras sociedades con altos estándares de vida, y no lo ha sido siempre en la historia de los Estados Unidos. Así que quizás es momento de revivir ciertas normas sociales que nos ayuden a vivir con más calma. Por ejemplo, si las personas pensaran en sus hogares menos como una inversión financiera y más como lugares en donde vivir, repletos de fricciones con niños, perros, vecinos y la comunidad, tal vez haya menor especulación inmobiliaria con la mirada puesta en la compra y venta simplemente por las ganancias. Si las compañías sintieran la fricción de ser cuidadoras de sus comunidades, podrían replantearse el optimizar sus operaciones a expensas de la eliminación de puestos de trabajo.

Todos querríamos un automóvil que rinda 100 millas por galón. Las fuerzas de roce que nos detienen son una molestia bastante cara. Cuando conducimos, sabemos a dónde vamos y estamos al mando, la velocidad se siente bien, sin embargo, incluso teniendo el control, un poco de fricción puede evitar un desastre cuando hay hielo en el camino. 

La conducción puede ser lo suficientemente peligrosa, y la vida no siempre es tan predecible como la conducción. No siempre tenemos el control. El hielo negro está en todas partes. Cualquier pequeña cosa que nos haga frenarnos en el mundo incierto en que habitamos puede ser un salvavidas. Generar fricción en nuestras vidas, como individuos y como sociedad, significa generar resiliencia dentro del sistema. Puede ser nuestra póliza de seguro frente a una catástrofe.

Barry Schwartz es profesor emérito de Psicología en Swarthmore College en Pensilvania, y profesor visitante en Haas School of Business en la Universidad de California, Berkeley. Es autor de libros como The Paradox of Choice (2004) y Why WeWork (2015), entre otros.

Traducción: Francisco Larrabe

Publicación Original:  19 agosto 2020 | https://psyche.co/ideas/why-efficiency-is-dangerous-and-slowing-down-makes-life-better

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