Louis-Ferdinand Céline, entre realismo y vanguardia

Deteriorado por los casi dos años que pasó en una cárcel de Dinamarca –país al que llegó en búsqueda de asilo político, luego de ser acusado y perseguido por colaborar con el régimen de ocupación nazi tras la publicación de tres panfletos antisemitas entre los años 1937 y 1941–, Louis-Ferdinand Céline volvió a Francia.

Era principios de la década del cincuenta. En los años de exilio ya había preparado su retorno a la literatura con un par de novelas que no llegaron a alcanzar el éxito que esperaba, porque la calidad de su escritura disminuyó o por el malditismo que recayó sobre él. Muy lejos había quedado ya ese breve periodo de gloria, cuyo prestigio comenzó a gestarse con la repercusión mundial que tuvo su ópera prima, Viaje al fin de la noche, en 1932. Sin embargo, para entonces, había ideado otra estrategia –un escritor es sobre todo un estratega– que consistía en ajustar las cuentas pendientes con todos aquellos escritores que devinieron en funcionarios del régimen de Vichy, a quienes acusaba de haberlo convertido en el chivo expiatorio de lo que ellos encarnaban.

Mediante un libro de ensayos o de entrevistas, Céline pretendía reivindicarse a sí mismo y al estilo literario que creó. Pero ese libro, pese a que se lo encargó a su editor, no encontró quién quisiera escribirlo, porque nadie quería ser vinculado al malogrado escritor, ni siquiera por el morbo que podría despertar su figura en esos momentos. Así que terminó escribiéndolo él. Una breve ficción que es un largo diálogo sostenido por el autor con un personaje inventado. Una defensa de su estética y que hoy puede considerarse, dentro de toda su obra, como el manifiesto poético de su literatura. Ese libro salió a la luz pública en 1954, en una primera versión, y llevó por título Conversaciones con el profesor Y.

El éxito, pese a los esfuerzos de Céline, jamás volvería. Nada habría quedado ya de ese médico que combatió en el frente, en la primera guerra mundial, donde fue herido y tuvo secuelas de por vida, ni tampoco del reconocimiento que obtuvo cuando recibió por esa misma causa una medalla de honor. De su obra literaria, menos. Nunca más volvería a escribir algo a la altura de Viaje al fin de la noche, donde narra su experiencia al enlistarse en el ejército; esa travesía que lo llevaría a las colonias africanas para retratar la miseria de los militares encargados, a Norteamérica donde es testigo de la alienación del mundo capitalista dentro de las fábricas de Boston, y para terminar, de vuelta en Francia, a un trabajo como médico que lo frustra constantemente por no haber encontrado ningún sitio en que mereciera la pena poder vivir.

Así, de miseria en miseria, vida y obra en Céline se funden para desentrañar el alma de la condición humana. Fracaso tras fracaso, elige la misantropía como acto de resistencia para enfrentar una realidad que le resulta ajena. Voluntariamente, ese asilamiento le habría permitido escribir algunas de las páginas decisivas de la literatura del siglo XX, que a su vez, como todos los grandes escritores, fue capaz de sintetizar, al condensar todo el propósito de su obra, en apenas un par de frases. ¿Cuál sería entonces ese aporte de Céline a la literatura? En Conversaciones con el profesor Y, al lanzar una diatriba contra todos sus contemporáneos, también se ven luces sobre ello: “¡los escritores de hoy no saben todavía que el cine existe!… y que el cine ha vuelto ridícula e inútil su manera de escribir… ¡vana y pretenciosa!…” (2011: 35).

Con esta frase, Céline arroja una bomba sobre los conservadores de la palabra. Lo que pudiera interpretarse allí es que, con el surgimiento del cine y la proliferación de los medios masivos a principios del siglo pasado, emergen nuevas formas de narrar, permitiendo con ello que la novela –como forma de narración por excelencia a lo largo de todo el siglo XIX– pueda volverse experimental. El escritor tiene ante sí la posibilidad de prescindir ya de la masividad de su público y apostar, en cambio, por la selectividad de sus lectores. Esto se verá, por ejemplo, en la última novela de Flaubert, Bouvard y Pecuchet (1881), donde el autor abandona el realismo de Madame Bovary (1857) o La educación sentimental (1869) para escribir un libro en el que dos personas ansían conocerlo todo. Novela enciclopédica o de ideas, le llamarán algunos, a diferencia de la novela de aventuras que tiene como protagonista a un héroe que fluctúa entre el mundo de lo real y la utopía. Entonces, el problema de la literatura se volverá un problema de públicos. Por un lado, la novela de masas, que por cierto continúa hasta el día de hoy y que está asociada a los géneros: el realismo clásico, el policial o la novela rosa; y, por otro, la novela de vanguardia, que busca desajustar los valores sobre los cuales se concibe esa forma artística específica.

La literatura de vanguardia será, no sólo en los programas de los principales movimientos que tuvieron cabida en la primera mitad del siglo XX, como el dadaísmo o surrealismo, quien cree formas que se contraponen a la lógica cultural del capitalismo, que orienta toda su producción hacia el mercado. Como respuesta a ello, los movimientos vanguardistas dirán: si el capitalismo todo lo transforma en mercancía, entonces le daremos al mercado algo ilegible, algo con lo que no se pueda lucrar. En otras palabras, como señala Ricardo Piglia: “La vanguardia repudia el carácter demoníaco del comercio y constituye un objeto imposible de comprar” (2016: 27). Algunos ejemplos, como las Impresiones de África (1910) de Raymond Roussel o el Ulises de James Joyce (1922), serán quienes sentencien la muerte de la novela tradicional al estar contenidas de puro formalismo. Sin embargo, la publicación de Viaje al fondo de la noche (1932), traerá de vuelta la novela realista clásica para incorporar la emotividad del lenguaje y la oralidad: “… la emoción sólo puede ser captada y transcripta a través del lenguaje hablado…” (2011: 37), dirá Céline en contraposición a las formas de narrar que ofrece el cine, quien torcerá la sintaxis a través del uso del punto suspensivo y el abuso de los signos de exclamación. En esta aventura, el héroe –su alter ego Ferdinand Bardamu– será un hombre quebrado, que ya no puede mediar entre el mundo de lo real y la utopía. En realidad, más bien, es un antihéroe, porque si lo que abunda en el mundo real es la miseria –a diferencia del aburrimiento de Madame Bovary del que escapa por medio de sus lecturas–, el lugar de la utopía será la muerte o la extinción de nuestra especie.

La obra de Céline –como la de Kafka, Joyce o Beckett, que nunca se declararon escritores vanguardistas–, corresponderá a una posición intermedia entre la novela de masas y el gesto de vanguardia, en donde la función del artista, más allá de aislarse para construir obras que resistan los modos de lenguaje que imponen las formas de narración dirigidas al público masivo, será intervenir sobre ese mismo campo, al utilizar los medios convencionales, para disputar el juego que se desata ahí. Su “realismo” no ocupará las formas tradicionales. Nunca se verá en ninguna de sus novelas el desarrollo de una historia que conduzca a un clímax, ni tampoco una revelación final. Nunca buscará el efectismo, sino devolverle al público de masas –no especializado– la crueldad que ofrece la realidad. Sus libros, por tanto, nunca son el espacio de ficción en donde el lector va a buscar formas de evasión del aburrimiento cotidiano. Al contrario, lo obligará a verse enfrentado a sus miserias cotidianas mediante un estilo de escritura que lo interpela de manera constante, como si le hablara a él.

Todo lo anterior, Céline ya lo había conseguido con su primera obra. Y pese a que dedicó toda su vida a la escritura, inclusive a la de los panfletos que lo llevaron al exilio y cárcel, los intentos posteriores por desmarcarse de los episodios que ensuciarían su trayectoria para siempre quizá no fueron para ganar una posición dentro del terreno literario, sino para redimirse de su miseria personal.

Bibliografía

Céline, L-F. (2011). Conversaciones con el profesor Y. Buenos Aires: Editorial Caja Negra.

Piglia, R. (2016). Las tres vanguardias: Saer, Puig, Walsh. Buenos Aires: Editorial Eterna Cadencia.

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