Entrevista a Elizabeth Anderson

 

John Dewey Distinguished University Professor of Philosophy and Women’s Studies University of Michigan, Ann Arbor.

En diversos textos usted sostiene que entre mediados del siglo XVIII y la Guerra civil estadounidense tenía sentido hablar del libre mercado como parte de un proyecto político de izquierda. ¿Puede explicarnos aquello? ¿Ha cambiado el mercado desde ese entonces?

 

Los teóricos del libre mercado de los siglos XVII y XVIII, y en Estados Unidos durante la guerra civil de 1860-1864, eran completamente opositores  al monopolio y sistemas de trabajo sin libertad como lo son la esclavitud, el peonaje por deuda y la servidumbre por contrato. Ellos creían que si el trabajo era libre y los monopolios (especialmente en la posesión de tierra y la industria) abolidos, la competencia suministraría capital al productor más eficiente, que era el pequeño agricultor independiente o el artesano dueño de su propio capital. El trabajo asalariado sería solo una condición temporal, una ayuda para los jóvenes trabajadores hacia la posesión y operación de sus propios negocios. Dado que un individuo que trabaja manualmente su propio stock de capital no puede generar mucho más capital que los demás (incluso el arador más eficiente no puede arar mucho más que otro), las desigualdades en cuanto a posesiones serían pequeñas, y la competencia perfecta prevalecería. Estados Unidos fue el principal lugar donde se persiguió este sueño de libre mercado, ya que la tierra no estaba atada a una clase aristocrática. Abraham Lincoln, presidente durante la Guerra civil, llevó a cabo su campaña presidencial de 1860 bajo dos promesas: (1) antiesclavismo: prohibir la expansión de la esclavitud dentro de los territorios de Estados Unidos, y restringir drásticamente sus operaciones en los estados esclavistas mediante la supresión de todo reconocimiento federal de la esclavitud, y (2) entregar lotes de terrenos en los territorios a todo aquel que estableciera una granja. En el discurso de su campaña de 1860, Lincoln equiparó el trabajo libre con el trabajo independiente, y argumentó que el objetivo de una sociedad de libre e iguales era universalizar el empleo independiente – al menos para los hombres. Por supuesto que esto dejó fuera a las mujeres y a las numerosas tribus indígenas americanas cuyas tierras habían sido brutalmente confiscadas. Sin embargo, en lo abstracto, la idea de un empleo independiente universal, si pudiera ser alcanzada de manera no violenta y sin explotación para nadie, ofrece una visión de lo que una sociedad libre de iguales debería ser, consistente con mercados libres.

La Revolución industrial echó por la borda toda esperanza de realizar esta visión de sociedad. El cambio tecnológico condujo a un sistema en donde la unidad de producción más eficiente era vastamente mayor de lo que imaginaron los primeros defensores del libre mercado – una fábrica, una carretera u otra gran empresa en donde muchos trabajadores asalariados participaban en equipo de producción, trabajando con un gran stock de capital. Los pequeños artesanos y granjeros fueron llevados a la quiebra y reducidos a trabajadores asalariados. Nada de esto fue anticipado por ninguno de los primeros pensadores del libre mercado, incluyendo, incluso, a Adams Smith, quien escribió antes que el sistema de fábricas fuese puesto en marcha.

 

De acuerdo con su punto de vista, hoy en día las personas han olvidado que los lugares de trabajo son una forma de “gobierno privado”. En este sentido, ¿por qué deberíamos de mirar las relaciones de poder en los lugares de trabajo como una forma de gobierno despótico y no como algo que simplemente emerge producto del contrato libre entre iguales?

 

El contrato de trabajo es simplemente el vehículo por medio del cual los trabajadores entran en una relación de poder subordinada con respecto a los dueños de la empresa y sus agentes designados – miembros de la mesa directiva, ejecutivos, administradores. Dentro de la empresa, la relación laboral es una relación de dominación y sujeción, no de equidad. Es obvio que los jefes den órdenes a los trabajadores y no al revés. Los jefes tienen el poder de contratar, promover y despedir, establecer las condiciones laborales y tareas que se requieran, y limitar las libertades de los trabajadores durante las horas laborales.

En Estados Unidos, a diferencia de la mayor parte de Europa, el contrato laboral por defecto está regido por el empleo a voluntad: la idea de que el empleador puede contratar y despedir a un trabajador por la razón que sea. Hay pocas restricciones sobre su poder, la mayoría limitadas a casos de discriminación. Por lo demás, su poder es tan arrollador, que incluso se puede extender a la vida personal del trabajador. Trabajadores en Estados Unidos han sido despedidos porque sus empleadores no aprueban sus decisiones personales concernientes al matrimonio, sexualidad, recreación y apoyo a candidatos políticos. Esto es tiránico. A este tipo de relaciones las defino como “gobierno privado” porque los empleadores rigen las vidas de los trabajadores, y lo hacen sin rendir cuenta alguna a los trabajadores respecto a su forma de gobernar. El gobierno privado es arbitrario y no es no rinde cuenta con quien es gobernado.

La afirmación que estas relaciones desiguales son un producto de los contratos libres, es una ilusión, porque el estado ha establecido los términos del contrato laboral en la estructura de la ley laboral. El empleo a voluntad es una regla definida por el estado, quien le entrega todo el poder al empleador. Una vez que le ha sido depositado el poder, el empleador tiene una enorme ventaja de negociación sobre el trabajador, y poca iniciativa para negociar poder con la mayoría de los trabajadores. Solo aquellos con talentos muy escasos y valiosos pueden opinar respecto a las condiciones de su trabajo bajo la ley estadounidense, a menos que pertenezcan a un sindicato, los cuales solo cubren a un 6% de los trabajadores del sector privado.

Yo no describiría la relación laboral de los países de la Unión Europea como despótica. La mayoría de los trabajadores en Francia, por ejemplo, están representados por un sindicato. La codeterminación y la administración conjunta de la empresa por parte de los trabajadores y representantes de los intereses de capital existen en muchos países de la UE, sobre todo en Alemania. Las leyes laborales de la UE ofrecen autonomía y protecciones mucho más fuertes a los derechos del trabajador, que lo que goza el trabajador estadounidense. El empleo a voluntad no es el término establecido de la relación laboral en la UE.

 

La libertad y la autonomía son elementos constantes que aparecen en su trabajo. Usted ha argumentado que previo a la revolución industrial existían demandas claves en las luchas progresivas contra los monopolios y a favor de libre mercados administrados por productores autosuficientes. Hoy en día, sin embargo, el libre mercado no puede garantizar libertad y autonomía, a pesar de que todavía se justifica en nombre de dichos valores. ¿Nos puede decir qué entiende usted por libertad y cuánto difiere de la definición que tiene el liberalismo contemporáneo?

 

Entiendo la libertad en términos de relaciones sociales. Es mejor entendida en términos de su contrario – la condición de no libertad. En la descripción republicana clásica, la condición de no libertad significa estar sujeto a la arbitraria voluntad de otra persona (esta podría ser una persona corporativa, como es el caso de una empresa). Claramente, la relación laboral por defecto en Estados Unidos satisface esta definición de no libertad. La libertad, por tanto, requerirá de la remoción del poder arbitrario. Yo no contrastaría, necesariamente, esta definición con la de los liberales clásicos del siglo XVIII, o con la de J.S. Mills en el XIX, o con la de liberales de izquierda del siglo XX como John Dewey y John Rawls. Ellos apreciaban la definición republicana de libertad. Sin embargo, la teoría neoliberal y libertaria contemporánea concibe la libertad en términos de libertad de alienación contractual, incluyendo la alienación de autoridad sobre uno mismo con respecto a otro que la ejerce arbitrariamente. Esta es la fórmula para la generación de gobierno privado, que en definitiva es una tiranía privada.

 

¿Qué podemos hacer ante el desbalance de poder entre jefes y trabajadores, capital y trabajo? Si las empresas son dictaduras privadas como usted afirma, ¿qué tipo de medidas se requieren para “democratizarlas”?

 

Yo sugiero 4 estrategias para asegurar la libertad de los trabajadores:

  1. Aumentar las opciones de salida de los trabajadores, incluyendo la abolición de cláusulas no competitivas en los contratos, las cuales impiden a los trabajadores trabajar en la misma área en que se desempeñaban con su antiguo empleador.
  2. Fomentar los derechos de los trabajadores a través de una declaración de derechos garantizada por el Estado en contraposición a los de su empleador. Es especialmente importante que los trabajadores tengan acceso a las cortes y puedan demandar a sus empleadores por violaciones a sus derechos, y que sus derechos a la privacidad fuera del trabajo – que desarrollen sus vidas personales sin ser monitoreados o sancionados por sus jefes – estén protegidos.
  3. Promocionar leyes jurídicas que restrinjan el poder que tiene el empleador sobre el trabajador, incluyendo procesos internos de denuncia.
  4. Y más importante, establecer que los trabajadores tengan derecho a voz en el trabajo – algún tipo de representación colectiva, ya sea por sindicatos, codeterminación, una combinación de ambas, o la titularidad plena de los trabajadores, como en las cooperativas.

 

En este contexto de cambios acelerados en la economía y la expansión de las llamadas “gig economies”, ¿cuál es su visión de los derechos laborales a futuro?

 

En el mundo entero, los trabajadores han tendido a perder poder en relación con los empleadores. Los acuerdos comerciales globales están fuertemente inclinados hacia el capital y no el trabajo. El capital se puede mover instantáneamente, mientras que las barreras para la movilidad laboral son excesivas, debido a las barreras internacionales, controles de inmigración, obstáculos de lenguaje y culturales, etc. Que un factor de producción tenga un costo de salida más bajo, le brinda un poder de negociación más fuerte. Quizás lo más importante sea que son los cambios tecnológicos y económicos los que han provocado que surjan formas precarias de trabajo como los “gig economies”, trabajo temporal y tercerizado, contratos de cero horas, y otros dispositivos que han dado lugar a una amplia clase de trabajadores precarizados sin acceso a empleos estables con horario y paga estable. Los costos de transacción para contratar trabajadores [para tareas específicas] disminuyeron drásticamente debido a aplicaciones en línea como Uber.

Para que los trabajadores reivindiquen sus derechos y libertades en contra de la creciente precariedad, necesitan organizarse en movimientos laborales y presionar a sus estados para que generen cambios en las leyes que permitan fortalecer los derechos de los trabajadores, que permitan que las organizaciones de trabajadores traspasen las empresas, así como que tengan acceso a un ingreso y seguridad social por fuera de la relación laboral. Los trabajadores deben desmercantilizarse. No deben ser reducidos solo a otro factor de la producción, como tampoco ser despedidos al momento de la notificación. Deben ser vistos como ciudadanos de la empresa donde producen bienes y servicios. El trabajo debería mejorar sus vidas dentro del lugar de trabajo, y no solo cuando están fuera de este. Y esto no sucederá a menos que los trabajadores ganen una voz al interior de éste.