Sobre el mercado y el asunto de la libertad

 

José Miguel Ahumada

1. El mercado como esfera de libertad

El liberalismo económico (y su heredero actual, el neoliberalismo) tiene muchas acepciones, pero su núcleo fundamental es que considera que la esfera del mercado, entendido como aquel espacio de intercambio libre y voluntario de bienes y servicios entre partes auto-interesadas, es no solo la fuente del dinamismo productivo de largo plazo (ergo, la receta para el desarrollo) sino el pilar institucional que asegura que los sujetos sean libres no sólo de interferencias, sino de lazos de dependencia arbitrarios con otros.

Dicho proyecto que le otorga primacía al mercado en la producción, como alternativa al mercantilismo y a la sociedad de los estamentos, se erigió como un discurso anclado en la idea de libertad individual. En efecto, la idea del libre comercio y no de las regulaciones mercantilistas de los estados absolutistas, la idea del auto-interés como criterio legítimo de acción y no de la moral que emanaba de la iglesia, y la defensa de la propiedad como principio fundamental de legitimidad del contrato político y no el sometimiento a reyes, era visto como un marco institucional que, por fin, podría constituir la paz permanente (‘el dulce comercio’ de Montesquieu) y proteger la libertad de los individuos ante templos y tronos (ver Hirschman, [1978] 2014). La demanda de los derechos civiles por parte del liberalismo económico y, por tanto, el gobierno de la ley, devenía así en un criterio fundamental para poder hacer del mercado la institución fundante del orden social.

La idea de una ‘mano invisible’ del mercado permitía, de esta forma, erigirse como un principio regulador del orden social sin tener que pasar por un centro político o un contrato. De esta forma, la sociedad se constituye como un mercado económico de mutuas dependencias voluntarias de intercambio, disolviendo las dependencias personales y jerárquicas de los órdenes pre-capitalistas. Así, la dependencia arbitraria hacia agentes se diluye en una dependencia impersonal a las dinámicas de competencia e intercambio entre actores, asegurando, de este modo, una libertad como ausencia de dependencia (ver MacGilvray, 2011; Macpherson, 2011 [1962]). La profundidad de esta idea está claramente destilada en Adam Smith en su obra clásica: el mercado no solo constituye una máquina productiva y fuente del crecimiento moderno, sino que es en sí mismo un ‘sistema de libertad natural’, siendo un resultado ‘natural’ (espontáneo, sin necesidad de planeación racional de agentes o, mejor dicho, de deliberación política) del interés individual en el intercambio (la ‘tendencia natural al trueque’ smithiana).

En este punto, Veblen (1919) sistematiza el fundamento político del proyecto de mercado. Según sostiene, dicho proyecto veía en el sujeto propietario y el carácter descentralizado del intercambio y la competencia, un ordenamiento social que aseguraba la protección de los productores de la arbitraria acumulación de rentas tanto de los estados absolutistas como de los feudos. El fundamento último de esta separación de lo ‘económico’ (entendido como ‘sistema de libertad natural anclada en un orden natural del trueque’) y lo político (espacio de deliberación colectiva y/o de control del monopolio de la violencia) es que el primero deviene en el principio que debe regular el segundo (ver Dumont, 1977). Más exactamente, la institución de mercado era señalado como el ordenamiento anclado en la protección de los derechos de propiedad en desmedro de los privilegios de los estamentos, de los monopolios comerciales, de la iglesia y la monarquía, que permitía que los creadores de valor (los productores directos)[1] lograran apropiarse de los frutos de su propio trabajo, poniendo un cortafuego a todos los agentes extractores de valor y asegurando su libertad como productores (su control sobre su propiedad y sus recursos).

Así visto, podemos sostener que la extensa tradición de la ‘economía política clásica’ (desde Smith, Ricardo, Mill, George, etc.) fue no solo una novedosa disciplina que apuntó a describir el funcionamiento de un nuevo orden, sino en sí mismo un proyecto político que buscaba activamente promocionar un régimen económico (de contratos en un mercado) que protegiera la libertad de los productores en contra de adversarios rentistas (ver Hudson, 2017).

 

 2. La metamorfosis de la libertad de mercado

 ¿Podía este proyecto asegurar los cortafuegos contra la dominación? ¿Podía brindar la estabilidad necesaria para erigir, a partir de allí, barreras que aseguraran la libertad de los productores?

Los primeros en desplegar críticas a este proyecto fueron los sujetos que comenzaron su proceso de mercantilización, pasando de artesanos a modernos asalariados. La relación capital-trabajo en la esfera de la producción comenzaba a ser vista como una novedosa relación de dependencia y sometimiento del sujeto productor al nuevo propietario de los factores productivos. La acusación era clara: el mercado laboral se constituía como una esclavitud a tiempo parcial, forzada por la dependencia material del trabajador al salario proveído por el capitalista, perdiendo el control no sólo sobre el producto, sino sobre el proceso productivo y así, sobre su vida misma (ver los relatos históricos de esta acusación en Gourevitch, 2014; Domènech, 2004).

Marx hace evidente este fenómeno. La libertad de contrato permitió al productor romper los lazos de dependencia personales, pero junto con ello, vino una ‘liberación’ (entendido como ‘separación’) de los recursos productivos que permitirían al sujeto productor tener control sobre su base material. Detrás del contrato laboral, en esa esfera de la producción más allá del ‘ruido’ del mercado, se escondió una nueva relación de dependencia entre el capitalista y el agente productivo. Marx, en un pasaje de El Capital no muy leído, pero clave (vol. I, capítulo XXV), señala que la dinámica capitalista, en su propio desenvolvimiento, destruye la propiedad privada del productor sobre su producción e instala, en su lugar, la propiedad capitalista[2].  Ambas se asientan en los sacrosantos derechos de la propiedad, pero la existencia de una implica la muerte de la otra. La acumulación capitalista solo ocurre en tanto existe una masa productiva dispuesta a someterse al proyecto pecuniario del propietario, y aquello solo puede existir si aquellos agentes carecen de sus propios medios de reproducción[3].

Aquella acusación señalaba un rasgo medular: en el corazón mismo del proyecto liberal se erigía una novedosa relación de dependencia material de un sujeto a otro y, más importante, emergía un nuevo agente que, cual feudal, lograba, en el mercado mismo, someter y expropiar el trabajo ajeno. El mercado era un conjunto de barreras que protegían al productor contra adversarios exógenos, pero era miope a los adversarios internos.

Un elemento que se deriva de lo anterior, es el miedo del liberalismo económico a la democracia. En efecto, el liberalismo clásico sospechaba profundamente sobre la democracia y la ampliación del poder político a las masas (desde Ricardo, Mill, Burke, Tocqueville), expansión que podría poner en jaque el control centralizado en la producción y del excedente de la misma, en manos de la clase propietaria (ver Dale, 2016; Bobbio, 1989). De esta forma, mientras el liberalismo asumía los derechos civiles como suyos, era reacio a incluir derechos políticos, y mucho menos sociales, en su proyecto[4].

Cuando la democracia se expande a partir de las movilizaciones de los productores, ya desde antes de la primera guerra mundial (y que se consolida luego de finalizada la segunda), la intelectualidad del liberalismo del periodo detecta una amenaza: Hayek cataloga dicha expansión como un camino a la servidumbre (poniendo las reformas socialdemócratas, las demandas de derechos sociales, y de expansión democrática a las comunas y empresas, como meros pasos hacia el totalitarismo), mientras Schumpeter acusa el ‘excesivo’ racionalismo de los trabajadores y la necesidad de una alianza entre la burguesía y la aristocracia para imponer un régimen donde la democracia fuera restringida a un mero procedimiento de elección de elites y la producción siguiera bajo estricto control autoritario (ver Medearis, 2001).

Paralelo a los elementos anteriores, tenemos un proceso que ya no sucede en el plano del mercado laboral, tampoco en lo relativo a la demanda que el mercado capitalista realiza al sistema político, sino de la dinámica endógena del mercado mismo. Con la experiencia del capitalismo a principios del siglo XX, tanto Veblen, Schumpeter y Keynes identificaron dos puntos claves que emergieron a partir del dinamismo capitalista y que transformaron su estructura: por un lado, la consolidación del sistema financiero y la consiguiente separación entre la administración y la propiedad de las empresas y, por otro, en la creciente centralización del capital.

Ambas iban de la mano. La emergencia de los mercados de valores aceleró la fusión de grandes unidades productivas, consolidando carteles empresariales que ya no sólo tenían el mercado interno como su fuente de demanda final, sino el mercado externo (aquello que Hobson y Lenin definirían como el fundamento del imperialismo). La era del ‘capital monopolista’ emerge a partir justamente de esta novedosa innovación financiera.

A su vez, dicha dinámica generó la completa separación del capitalista del proceso productivo, erigiéndose un tipo de capitalista de carácter financiero cuyas decisiones de inversión comenzaban a depender de dinámicas crecientemente de corto plazo, dirigidas por los vaivenes del consolidado mercado accionarial (Veblen, 1909). Esto es justamente lo que Keynes entendió como el carácter inherentemente inestable e improductivo del capitalismo que observó en su periodo: ante el predominio del capital financiero, la expectativa de ganancia (factor determinante, en una sociedad capitalista, de las decisiones de inversión) depende cada vez menos del éxito de inversiones de largo plazo (nuevas industrias, tecnologías, procesos productivos) y cada vez más de la evolución del valor de las acciones, cuyos movimientos derivan de motivos especulativos y de corto plazo[5].

Aquellos tres elementos que hemos brevemente comentado (relación de dependencia capital-trabajo, restricción a la democracia y dinámicas financieras) articulados endógenamente desarticulan las barreras de protección del liberalismo económico. El primero (el carácter jerárquico del proceso productivo) hace depender la base social productiva al contrato con el capital. El segundo (el miedo a la democracia) hace que el propio mercado capitalista demande al sistema político la exclusión de la democracia de áreas fundamentales de toma de decisiones económicos, y la tercera (la financiarización y centralización del capital) establece una inestabilidad del orden y poder económico en agentes carentes de control público que tensionan la república política misma.

 

3. Resultados del proyecto

Lo anterior es claramente evidente hoy en Estados Unidos y Europa, madres del capitalismo contemporáneo. El proyecto de asegurar las instituciones para la expansión de los mercados y la re-mercantilización de las relaciones sociales (laborales, servicios sociales, urbanos, etc.), pilar del programa neoliberal, ha vuelto a desplegar, endógenamente, aquellas tres dinámicas antes nombradas.

En el plano laboral, el mundo desarrollo ha visto la re-emergencia del empleo precario, contrato hora-cero, ausencia de seguros sociales y organización sindical, cristalizada prístinamente en nuevas empresas como Uber y Deliveroo. Aquellas formas laborales no sólo han desarticulado a la antigua clase trabajadora, sino que la han vuelto crecientemente dependiente de un contrato con el capital. A medida que dicho contrato es más precario y de corto plazo, más fuerte es la dependencia, más ansiedad individual, más anomia y mayor la alienación (ver Renwick, 2017; Standing, 2016). Aún más, dicha clase trabajadora europea y norteamericana ha sido la principal afectada por dicho proyecto, sus ingresos se han estancado desde los años ochenta, mientras la brecha salario-productividad se ensancha crecientemente (ver el famoso ‘gráfico del elefante’ de Milanovic (2016)) y la desigualdad crece paralelamente (Piketty,2017).

Pero las nuevas formas de dependencia no surgen únicamente por la precariedad de los productores, sino por lo que ocurre en la ‘punta de la pirámide’. La denominada ‘financiarización de la economía’ ha implicado un ciclo en que el capital comienza a aumentar su tasa de acumulación no a partir de nuevas inversiones con capacidad de desparrame tecnológico, sino en aumentar sus propias rentabilidades de su capital accionarial. La pesadilla de Keynes: se aumenta su ganancia en el corto plazo (aumentan la rentabilidad de sus acciones) en desmedro de la productividad de largo plazo. Hay ‘ganancia sin prosperidad’, según los análisis del economista Lazonick (2014). Aquella dinámica ‘financiarizada’ tiene muchas causas[6], pero lo central es que ha generado como resultado un estancamiento secular del crecimiento económico moderno, anclando a los países en bajas tasas de acumulación productiva, altas desigualdades y empleos precarios (ver UNCTAD, 2017).

Paralelo a lo anterior, una característica del neoliberalismo como régimen ha sido la separación de la gestión pública de la deliberación y control democrático. La UE y el BCE han sacado a la política monetaria y cambiaria de la deliberación popular (anclada aún en la escala nacional) y, tal como se observó nítidamente en el caso griego, la Troika ha impuesto, en contra de la posición del pueblo helénico, las radicales medidas de austeridad (tal como sucedió con el FMI-BM en América Latina durante la crisis de los ochenta). Como sostiene Streeck (2014), la Europa neoliberal se ha caracterizado por un control tecnocrático y supranacional, reduciendo la soberanía nacional de las naciones miembros. Aquella ausencia de control público, unido a la profundización de la desigualdad, precariedad y estancamiento económico ha abierto la puerta para un nuevo ciclo político anti-liberal, tanto conservador (Brexit) como democrático (Podemos, Corbyn).

El proyecto liberal se erigió como una barrera de contención que protegía a los productores de los templos y tronos expropiadores. La dependencia personal daba paso a una dependencia impersonal, diluyendo los lazos de dominación anteriores. Sin embargo, como hemos sostenido, este proyecto desplegó tres tendencias que endógenamente construían novedosas formas de dominación: la relación capital-trabajo formaba una nueva realidad de dominación inter-personal atravesada por la dependencia a las cosas; el miedo a la democracia excluía a las masas de control sobre las instituciones políticas (abriendo un nuevo flanco de interferencia arbitraria) y, finalmente, el capital financiarizado no solo afectaba al crecimiento sostenido –necesario para una democracia sólida- sino que venía de la mano de una centralización del capital que fortalecía a un sector social sobre el resto a la hora de influir en las decisiones políticas.

La precariedad, desigualdad, financiarización, crecimiento estancado y democracia restringida solo pueden entenderse como los resultados internos, acaso necesarios, de un proyecto que, en nombre de la libertad, construyó una nueva forma de dominación y dependencia a través de la producción y circulación de mercancías. El mercado así visto, derivó en una prisión.

***

[1] Aquí Adam Smith es tanto un defensor de esta perspectiva como un potencial crítico. En el Libro I de su Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, deja entrever una teoría del valor-trabajo (donde el valor deriva del trabajo del productor y el excedente es apropiado por el capitalista y el terrateniente) que luego Marx lo llevará a sus últimas consecuencias teóricas. Sin embargo, luego en el Libro III, Smith sostiene el cómo la profundización de la protección a la propiedad de los productores contra la expropiación de los agentes improductivos (protección anclada en los derechos de propiedad y el libre intercambio), ha sido un acicate para el progreso material, siendo la Inglaterra de su periodo el ejemplo más avanzado al respecto.

[2] Como señala Marx: “La economía política confunde aquí, por principio, dos tipos muy diferentes de propiedad privada, uno de los cuales se funda en el trabajo del productor, mientras que el otro lo hace sobre la explotación del trabajo ajeno. Olvida que el segundo no solo es la antítesis directa del primero, sino que crece únicamente sobre su tumba.” (pag. 955)

[3] Es por eso que, en Marx, el agente productor de valor y plusvalor no es la fuerza de trabajo en cuanto tal, sino la fuerza de trabajo alienada, esto es, carente de control sobre el producto de su trabajo, sobre el proceso productivo mismo y dependiente, para su propia reproducción material, de la voluntad del capitalista.

[4] En efecto, como señala Domènech (2004), la expansión de la democracia y el voto universal  fueron el resultado de una larga lucha de los productores por reducir su dependencia a instituciones (el Estado) del cual carecían de control (ergo, ejercían una interferencia arbitraria sobre aquellos). Aquello se realizó con la activa oposición del liberalismo económico clásico.

[5] Tal como señala Keynes, “los especuladores pueden no hacer daño como burbujas en una corriente firme de espíritu de empresa. Pero la situación se pone seria cuando la empresa se torna una burbuja dentro de una vorágine de especulación. Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en el subproducto de actividades de casino, es muy probable que las cosas resulten mal”. Cuando las decisiones de inversión comienzan a derivar de la especulación cortoplacista, profundiza Keynes, el capitalista pierde su ‘espíritu empresarial’ (principal justificación de su existencia, según Schumpeter) y devienen en un rentista financiero que no sólo es crecientemente improductivo, sino que, movido por los ‘estados de ánimos’ cambiantes de sus pares, contribuye a un orden profundamente inestable.

[6] Algunos han sostenido que la financiarización es el resultado del aumento de las desigualdades y la baja demanda efectiva de la población luego de las reformas neoliberales, lo que ha llevado a los capitales a generar un ‘keynesianismo privatizado’ vía el endeudamiento (Crouch, 2009). Otros han sostenido que deriva del fin del ciclo ascendente Kondratieff de la posguerra, donde los capitales tienen una caída general de la tasa de ganancia productiva (derivada de la sobreproducción), anclándose en el sector financiero (Brenner, 2006).


Bobbio, N. (1989). Estado, gobierno y sociedad. Fondo de Cultura Económica: España.

Brenner, R. (2006). The economics of the global turbulence. Verso: Estados Unidos.

Crouch, C. (2009). ‘Privatised Keynesianism: an unacknowledged policy regime’. British Journal

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