¿Cómo socializar Uber?

 

Seth Ackerman

Hacer de Uber una cooperativa de trabajadores sería sorprendentemente sencillo.

 

Recientemente Mike Konczal generó un fuerte impacto con un artículo que publicó en The  Nation titulado “Socialize Uber.” Su argumento era simple: la mayor parte del capital usado por Uber – los autos y el seguro de estos – lo pagan los propios trabajadores y aún así no reciben nada de las utilidades. (En realidad es probable que Uber no genere utilidades todavía, pero aún así logra reunir casi dos billones de dólares al año de parte de los trabajadores, los que derrochan mayormente en marketing y lobby).

Por tanto la respuesta obvia se encuentra en el título: socializar Uber. La compañía debería funcionar como una cooperativa de trabajadores. Sin embargo, sigue estando latente una pregunta práctica: ¿de qué manera, como preguntó Joe Weinsenthal de Bussiness Insider en el muro de Facebook de Konczal, lograr que Uber pase a ser un colectivo?

La manera más sencilla de hacerlo – como se lo señalé a Weinsenthal ante su pregunta – sería que las ciudades adopten códigos reglamentarios que únicamente permitan el uso compartido de vehículos por parte de empresas propiedad de los trabajadores. Por tanto Uber pasaría a ser, sin ningún problema, un proveedor de software.

Este tipo de restricciones no carecen de precedentes. Muchos estados prohíben a las corporaciones relacionarse en ciertos tipos de cultivos; muchos impiden que compañías con fines de lucro participen en ciertos tipos de negocios relacionados a los juego de azar y asesoramiento crediticio; y restricciones federales a la propiedad extranjera existen sobre una amplia variedad de industrias.

Suponga ahora que usted debía presentarle este concepto – leyes municipales que requieren que las compañías de servicio de transporte privado sean cooperativas – a Travis Kalanick, el amable CEO de Uber. Imagino que él se opondría. Sin embargo, es un tanto complicado saber bajo qué fundamentos lo haría, pues Uber siempre ha dicho que no contratan a sus choferes. Más bien, los choferes son simplemente valientes emprendedores – Uber solamente vende un servicio que conecta a aquellos emprendedores con clientes por medio de un sofisticado sistema de software patentado.

Uber le promete a los inversionistas obtener grandes rentabilidades en poco tiempo, pero también afirma que esas rentabilidades solo representan un retorno por su tecnología y por el riesgo que asumió en su innovación. Sin duda alguna el dinero no proviene de la explotación de los trabajadores de Uber. ¿Cuáles trabajadores? Por supuesto que no – los choferes son meros socios de negocio de Uber, y uno no puede explotar a su socio de negocio.

Por ello, en este caso Kalanick no debería oponerse a mi planteamiento. Una vez que estas leyes sean aprobadas, Uber puede seguir vendiendo sus innovadores servicios de software al precio que el mercado fije y que asegure una total compensación por la tecnología y riesgo  que ya están suministrados. (O al menos Uber esperará que el mercado sufrague ese precio.)

La única diferencia es que ahora Uber sí estará realizando su negocio con verdaderos socios: cooperativas de trabajadores que están en la libertad de comprarle el software y servicio a la compañía (o a alguno de sus competidores) en una transacción de negocio libre mercadista. Serán ahora los trabajadores quienes democráticamente  fijen sus propias tarifas, determinen sus propias reglas de trabajo y, por supuesto, se lleven las ganancias. Y dado que Uber afirma establecer las tarifas pensando en el mejor interés para los conductores, no debería tener razón alguna para preocuparse por entregarles el control tarifario a ellos.

Como dijo alguna vez Marx respecto al capitalismo: “los dueños del capital deben encontrarse en el mercado con el trabajador libre, libre en doble sentido: como hombre libre que puede disponer de su fuerza de trabajo como su propia mercancía, y que, por otra parte, al no tener otra mercancía que vender, carece de todo lo necesario para la realización de su fuerza de trabajo.”

Quizás en un tiempo más Uber, el dueño del capital, podrá experimentar lo que es relacionarse en ese tipo de transacción “libre”: en este caso, encontrándose en el mercado con un agente económico que posea toda la fuerza laboral necesaria para la realización de ese dinero.

O, para citar nuevamente a Marx, esta vez dirigiéndose a una reunión de trabajadores de 1864 respecto a las cooperativas de trabajo:

“El valor de este gran experimento social no puede ser sobreestimado. Mediante hechos más que por argumentos, ellos han demostrado que la producción a gran escala, y de acuerdo con los requerimientos de la ciencia moderna, puede realizarse sin la existencia de una clase dominante contratando a una clase de obreros; que para dar frutos, los medios de trabajo no necesitan estar monopolizados como un medio de dominación sobre – y de extorsión en contra – el propio trabajador; y que, al igual que el trabajador esclavo y el trabajador sirviente, el trabajador contratado no es más que una forma transitoria e inferior destinada a desaparecer antes que el trabajador asociado ejerza su esfuerzo con mano voluntariosa, una mente lista y un corazón jubiloso.”