Capitalismo y libertad

 

Lyle Jeremy Rubin

Aparecido en Jacobin, traducido por Francisco Larrabe

¿Por qué a los conservadores les gusta el capitalismo? Porque mantiene en su lugar las jerarquías que desean conservar.

El libro Conservatives Against Capitalism, del profesor de la City University of New York (CUNY), Peter Kolozi, puede leerse como un chiste pacientemente coreografiado. Primero está la lenta puesta en escena donde el autor exhibe a sus personajes. Todos ellos, afirma, caen en la categoría de “conservadores en contra del capitalismo”.

Están los pensadores y políticos sureños previos a la guerra civil, como George Fitzhugh, James Henry Hammond y John C. Calhoun,  dueños de esclavos preocupados de que el capitalismo pusiera fin a su tan apreciado sistema racial de castas, que para ellos representaba la herencia más humana e ilustrada que el mundo había conocido jamás.

Están los  imperialistas de fin-de-siècle como el historiador Brooks Adams o el presidente Theodore Roosevelt, quienes veían en el capitalismo individualista una amenaza para los valores marciales y la misión civilizatoria de una clase dominante cada vez más decadente.

Están los nostálgicos escritores de poca monta de las décadas de 1920 y 30 conocidos como agraristas del sur: el poeta y ensayista John Crowe Ransom, Allen Tate y Donald Davidson; los académicos Lyle H. Lanier y Frank Lawrence Owsley; o el novelista Andrew Nelson Lytle, quienes soñaban con un retorno al orden preindustrial y descentralizado gobernado por pequeños propietarios rurales blancos.

Está la primera generación de neoconservadores como Irving Kristol y Daniel Bell, tímidos críticos de la tendencia del capitalismo a devorar sus propios fundamentos culturales – enraizados en la ética protestante del trabajo y la meritocracia –, lo que permitiría sacrificar la base moral que ampara las desigualdades consideradas necesarias y nobles.Y están las generaciones más jóvenes de neoconservadores, incluyendo a personas con fuertes lazos en los medios, como William Kristol (hijo de Irving Kristol), David Brooks, o el historiador Robert Kagan, que intentan revivir  los elementos menos subversivos de la crítica anticapitalista de Roosevelt como una manera de apuntalar lo que Kristol llama “la benevolente hegemonía global” de Estados Unidos.

Y finalmente están los paleoconservadores como el escritor Samuel Francis o el candidato a la presidencia y analista televisivo Patrick Buchanan, quienes insisten en implementar un programa nacionalista blanco que propone el cierre de fronteras, deportaciones masivas, comercio proteccionista y políticas industriales, y la revocación de las protecciones a los derechos civiles.

El remate del chiste es que esta colección de excentricidades de la derecha y las formaciones que inspiran, terminan por hacer las paces con el enemigo. Se dan cuenta que después de todo el esfuerzo por impedirlo,  el mejor sistema de dominación que permite mantener en su lugar a los subalternos es, sin duda, el capitalismo.

Pues bien, esa es la versión corta del chiste. La versión completa es más complicada.  Muchos de los opositores al capitalismo que menciona Kolozi, como los imperialistas, los neoconservadores o los paleoconservadores, jamás repudiaron del todo al capitalismo, sin embargo, sí presentaron serias quejas en contra de sus diversas formas. Por otro lado, sureños como Tate y Davidson mueren como feroces y fieros racistas críticos del capital industrial. Hammond y Calhoun son ejemplos de lo mismo. (El que su idilio agrario esté tan profundamente implicado y dependa del capital industrial, es una discusión para otro momento).

La historia, sin embargo, está inconclusa.  A pesar de que sabemos que las fuerzas desatadas por Francis y Buchanan convergen en lo que hoy en día se conoce como la “derecha alternativa”, y sin importar la base de apoyo de Trump, el capítulo final aún está por escribirse. El presidente sigue confiando en apelar a políticas que agravian al hombre blanco, mientras acomete un golpe capitalista de proporciones. Pero independiente si lo lleva a cabo o no, su base de apoyo sigue siendo una pregunta abierta.

Lo que está más claro es la trayectoria del conservadurismo estadounidense hasta ahora, y en especial en los últimos cuarenta años. De acuerdo a Kolozi:

A pesar de sus recelos, los conservadores se han reconciliado con el capitalismo,  ya que la expansión del mercado también ha significado el crecimiento de la esfera privada de la dominación y el control…El conservadurismo se trata de la libertad y habilidad que tienen algunos para dominar, controlar y extraer recursos de otros, cosa que la inequidad y jerarquía capitalista hace posible. Dicha estructura y disposición social no solo es natural, sostienen los conservadores, sino también necesaria, ya que fomenta la excelencia y la distinción que hacen posible el progreso y el orden social.

El argumento encaja bien con el tesis del libro de Corey Robin The Reactionary Mind, lo que tiene sentido puesto que Kolozi fue estudiante de Robin. Pero si ambos libros están en lo correcto respecto a que el conservadurismo y la reacción son lo mismo, ¿qué ha hecho que el conservadurismo sea tan atractivo para muchos y por tanto tiempo?

Una posibilidad es que los conservadores siempre piensan que son las élites las que deben beneficiarse de las jerarquías. Son ricos y blancos, o cuerpos cis y capaces. Esto es verdad hasta cierto punto, pero no explica del todo por qué  millones de mujeres votan por hombres misóginos o por qué pobres y conservadores de clase obrera votan por republicanos. Tampoco explica la masiva atracción hacia la clase blanca dominante en el sur de estados unidos o el estatus de celebridad de un gran aristócrata como Theodore Roosevelt o un plutócrata como Donald Trump.

Otra posibilidad es que la consolidación de los medios masivos, la educación desigual, la supresión de votantes, la falsificación de elecciones, la naturaleza no democrática del Senado y el Colegio Electoral y el duopolio de partidos distorsionen la relación entre lo que la gente quiere y a quién o qué apoyan (asumiendo que tengan la oportunidad de apoyar a alguien o algo). Así pues, en una sociedad capitalista nada es lo que parece y muy pocos saben realmente lo que están comprando o vendiendo (asumiendo que tienen la oportunidad de comprar o vender).

Esta parece ser una respuesta factible, cuando no satisfactoria. Aún así, si fuese del todo precisa, no habría esperanza alguna para cambios progresivos, ya que un proyecto de izquierda coherente no se puede construir sobre suelo arenoso y traicionero. El nivel de confianza colectiva que se requirió para construir un mundo mejor, presupone algún nivel de confianza en la capacidad para crear dicho mundo, como también cierto nivel de concordancia entre la creencia y la realidad.

Esto nos da una tercera posibilidad. Y es que tal vez sí hay elementos que son atractivos en el discurso conservador, y que estos seducen a pesar de la posición que cada uno ocupa dentro de alguna jerarquía o sociedad del espectáculo. Psicólogos sociales como Jonathan Haidt han estado repitiendo esto por bastante tiempo, aunque por lo general anclan sus descubrimientos a rasgos de personalidad estática como dicotomías morales rígidas o autoritarias: santidad y degradación. ¿Pero qué pasa si las personas son susceptibles a ideas conservadoras y más capaces de cambiar sus formas de pensar que lo que plantean estos psicólogos? ¿Qué significa esto para el hecho de hacer políticas, especialmente para la izquierda?

Es en este punto, durante un período de crisis, que la historia de Kolozi se vuelve más útil. Robin, junto con otros teóricos políticos como Alex Gourevitch y William Clare Roberts han sugerido, desde sus posturas, que la izquierda debe recuperar la libertad desde el lenguaje liberal en que hoy día se encuentra. Lo que han hecho ellos, en específico, ha sido rescatar de esta lengua vernácula una política radical de la libertad, una encarnada en Marx y la tradición republicana estadounidense, en donde ambos emergen como parte del mismo legado. Kolozi no plantea la reivindicación del lenguaje conservador de la comunidad, la tradición, la pertenencia o el equilibrio – un lenguaje que también está entrelazado con varias tradiciones de izquierda –, pero si el objetivo es persuadir a la mayor cantidad de personas posibles a que apoyen una agenda de izquierda, bien vale la pena considerarla.

Hay un grupo que es retratado en el libro bajo el título “The New Conservatives”, que aún no ha sido mencionado. Este grupo misceláneo de pensadores de posguerra incluye al poeta Peter Viereck, al historiador Clinton Rossiter, al crítico literario Russel Kirk y el sociólogo Robert Nisbet. Ninguno de ellos era socialista, pero sí fueron escépticos en cuanto a la crítica que la derecha libertaria dirigía al Estado. Lo manifestaron de distintas maneras. Para Viereck y Rossiter, el New Deal era necesario para preservar las culturas e instituciones preexistentes tanto de la agitación capitalista como de la violenta agitación revolucionaria. Nisbet nunca fue partidario de un modo de vida estatal, pero sí estaba dispuesto a apoyar aquellos componentes del Estado que permitían la unión de sindicatos y cooperativas, a las que consideró como orgánicas legítimas. Además, Nisbet y Kirk se unieron, dice Kolozi, para establecer la base teórica de lo que se convertiría luego en el Estado de bienestar, en donde la autoridad y función fueron delegadas desde el gobierno federal al Estado y gobiernos locales, como sucedió con la Asistencia Temporal para Familias Necesitadas (Temporary Assistance for Needy Families) bajo el gobierno del Presidente Bill Clinton en 1996, y los programas de iniciativas religiosas que transfirieron algunos programas de bienestar a organizaciones religiosas locales en el gobierno del Presidente George W. Bush.

Si bien la posición política del grupo anterior es bastante clara, el lenguaje comunitario que desplegaron para exponer sus ideas invita a que cierto sector de la izquierda las incorpore.

Considere el caso de Viereck para los sindicatos de trabajadores. De acuerdo con Kolozi, el improbable New Dealer pensó que los sindicatos eran una fuerza conservadora dentro de la sociedad porque difuminaban el poder, componente necesario para una sociedad pluralista. Pero más importante aún, ellos “restauraron al atomizado proletariado en una unidad orgánica”. Les ofrecieron a sus miembros un sentimiento de pertenencia y solidaridad, de significado y propósito fuera del Estado, condiciones que hicieron que los trabajadores pasaran de ser masas a individuos. La historia moderna estaba plagada por el surgimiento y colapso de una institución intermedia tras otra, empezando con las instituciones feudales basadas en un estatus adscrito, en instituciones religiosas y la familia de tipo nuclear. La unión sindical, sugirió Viereck, era la única “sociedad real” que el industrialismo había fomentado. La unión sindical era una institución con verdadera autoridad, con un propósito definido, con raíces existentes, y que encarnaba “la posibilidad de la libertad y la seguridad esencial para la dignidad humana”. Era el tipo de instituciones que conservadores como Viereck alababan como la mayor protección contra el excesivo individualismo del capitalismo del laissez-faire y el totalitarismo de masa del Estado.

Los izquierdistas no idealizan el feudalismo, la religión institucionalizada, o la familia patriarcal. Tampoco están ansiosos por comparar la lucha laboral en favor de administraciones históricamente opresivas. Sin embargo, una política socialista no precisa de hablar solamente de los anhelos de igualdad, seguridad y libertad que se tengan. También puede hablar de los deseos de solidaridad, pertenencia, unidad y un sentido de individualidad enraizado en asociaciones confiables, como también en la preferencia por una verdadera sociedad pluralista en donde el poder esté dispersado.

El talón de Aquiles para la mayor parte del conservadurismo, incluyendo el de Viereck y Rossiter, es que sus remedios demuestran ser, muy a menudo, inadecuados para sus demandas. El Estado benefactor, en sus formas de New Deal  y Reaganiana, no son capaces de cumplir sus promesas conservadoras. El capital (y poder) se siguen acumulando. Los capitalistas aún capturan al Estado y las instituciones intermedias. La máquina capitalista sigue marchando. Lo sólido se desvanece en el aire. La búsqueda de Nisbet por la comunidad sigue acabando en un mareo vertiginoso.

El punto no es si el socialismo se va a imponer sobre los elementos más precarios de la modernidad, como tampoco que los socialistas deban seguir a nuestros adversarios conservadores en sus tontas promesas. Enfermedades sociales como la anomia, el tedio y el malestar, seguirán ahí sin importar lo que hagamos. El punto es que las protecciones socialdemócratas como la salud universal o el cuidado infantil, combinados con planes socialistas como la administración y la propiedad colectiva, tiendan a conservar, en la mayor medida posible, aquellas relaciones y propósitos que debemos apreciar.

El impresionante estudio de Kolozi muestra de qué manera el conservadurismo en Estados Unidos siempre está más interesado en defender la ley del más fuerte, que hacerse cargo de los anhelos y las necesidades más profundas de un público más amplio. Es, por tanto, también un estudio sobre por qué tantos conservadores estadounidenses apoyaron el capitalismo. Pero si se lee con atención, también tiene algo que decirle a la izquierda respecto a cómo tomar ventaja de este acuerdo a nivel retórico y persuasivo. Le haría muy bien a la izquierda leerlo apropiadamente.